~MINA~
Horas después estaba sentada frente a Ezequiel en el comedor, con el cabello limpio cayéndome sobre los hombros y un vestido azul oscuro que uno de sus hombres había llevado a mi habitación por orden suya. Por supuesto, él lo había escogido.
Era ajustado, con una falda corta que apenas me cubría el trasero y un escote que yo jamás habría elegido. También habían dejado zapatos, pendientes y hasta el perfume que a él le gustaba.
Después de ocho años todavía conseguía sorprenderme la facilidad con la que Ezequiel controlaba hasta los detalles más pequeños de mi cuerpo y después hablaba de ellos como si fueran gestos de amor.
Me había duchado durante mucho rato, intentando limpiar de mi piel el olor de la jaula y me había obligado a permanecer bajo el agua aunque me sintiera mareada. Había bebido lentamente, consciente de que después de tres días sin agua no debía hacerlo con desesperación, y había comido lo suficiente para recuperar algo de fuerza sin llamar la atención. Ahora tenía delante una cena que apenas podía probar porque los nervios habían vuelto a cerrarme el estómago.
Ezequiel, en cambio, parecía disfrutar de la noche.
Hablaba mientras comía, comentaba asuntos de sus negocios y de vez en cuando me hacía alguna pregunta sencilla para comprobar que yo estaba prestando atención.
Yo asentía, respondía lo necesario y mantenía una expresión tranquila mientras por dentro cada músculo de mi cuerpo permanecía alerta.
Sabía que debía esperar. No tenía ningún sentido intentar correr desde el comedor, con hombres vigilando las entradas y Ezequiel completamente despierto frente a mí. Necesitaba que confiara. Necesitaba que creyera que aquellos tres días habían sido suficientes para devolverme exactamente al lugar donde él quería tenerme.
—Estás muy callada —comentó.
Levanté los ojos.
—Estoy cansada.
—¿Todavía?
La pregunta casi me hizo reír.
Tres días sin comida ni agua y se sorprendía de que estuviera cansada.
—Un poco.
Ezequiel dejó la copa sobre la mesa.
—Ven.
El corazón se me aceleró.
Me levanté y caminé hacia él. Extendió una mano y me hizo sentarme sobre sus asquerosas piernas.
Tuve que contener el rechazo automático de mi cuerpo.
Me rodeó la cintura y acercó el rostro al mío mientras yo apoyaba una mano sobre su hombro, interpretando nuevamente el papel que necesitaba que viera.
—Mucho mejor —murmuró.
Sonreí apenas y él me acarició la espalda.
—Dame un beso.
Aunque sentí náuseas lo hice.
Apoyé los labios sobre los suyos y traté de no pensar en nada. Ni en el sabor del tequila en su boca, ni en su mano recorriéndome la cintura, ni en la repulsión que me subía por la garganta. Solo necesitaba aguantar.
Él profundizó el beso, metiéndome la lengua en la boca.
Dios... Quería vomitar y fue peor cuando metió su mano bajo la falda de mi vestido y sus dedos llegaron a mi sexo, tocándome.
Giré ligeramente el cuerpo y mis ojos se abrieron.
Sobre la mesa, junto al plato donde habían servido el pan, había un cuchillo. No era grande. Ni siquiera especialmente afilado. Un cuchillo para pan, con el borde dentado y un mango oscuro.
Mi mirada permaneció allí apenas un instante mientras Ezequiel seguía distraído con mi cuerpo.
Extendí lentamente la mano. Sentí mis dedos rozar primero el mantel y después el mango.
El corazón me golpeaba con tanta fuerza que estaba convencida de que él podía sentirlo.
Agarré el cuchillo y lo deslicé fuera de la mesa.
Ezequiel se apartó ligeramente del beso y yo me quedé inmóvil.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Estás temblando.
Me incorporé. El colchón se hundió y me quedé inmóvil.
Él no reaccionó.
Saqué el cuchillo de debajo de la almohada con la respiración acelerada y un temblor en el cuerpo.
Pensé en cortarle el cuello y matarlo de una vez por todas, pero no encontré el valor que necesitaba.
Entonces decidí vestirme y salir de la cama. Saqué una pierna y apoyé el pie sobre el suelo. Después la otra. Cada movimiento me parecía ensordecedor aunque la habitación estuviera completamente quieta. Sujeté el cuchillo con tanta fuerza que el mango se clavó en mi palma.
Podía hacerlo.
Tenía que hacerlo.
Me puse de pie.
Durante un segundo pensé que las piernas no me responderían. El miedo volvía a pedirme que regresara a la cama. Todavía podía hacerlo. Podía acostarme otra vez, esperar a que amaneciera y fingir que nada había ocurrido.
Entonces recordé los años de infierno qu había sufrido.
Di un paso.
Después otro.
Agarré el vestido del suelo y me lo puse con prisa. Luego atravesé la habitación evitando los lugares donde sabía que el suelo crujía. Conocía cada rincón de aquella casa, cada escalón, cada puerta, cada sonido. Ocho años viviendo allí servían para algo.
Llegué a la puerta. Tenía la boca seca otra vez. Pasé el cuchillo a la mano izquierda y coloqué la derecha sobre el pomo.
No había llegado tan lejos nunca.
Giré lentamente. El mecanismo hizo un clic apenas audible, pero antes de que pudiera abrir la puerta, una mano se cerró alrededor de mi brazo.
Todo mi cuerpo se congeló.
Sentí el calor de Ezequiel detrás de mí antes de escuchar su voz.
—¿Adónde vas, Herminia?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO
Alguien me puede explicar como del 88 salta al 89 del futuro como asi que Lexia esta embarazada de nuevo...
A mi tampoco me deja y tengo saldo...
Que pasa q no se puede desbloquear las páginas contando con monedas ???? Sean serios y no sinvergüenzas Si alguien quiere seguir leyendo este libro vean estos mensajes y no caigan en esta estafa porque no se puede leer aunque se allá pagado...
No puedo desbloquear los capítulos y tengo saldo, ayudenme !!!...
No puedo desbloquear los capítulos y si cuento con saldo, ayuda!!!...