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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 39

~ARTEM~

Herminia parpadeó.

—¿Qué?

—Después de que ese hijo de puta te dijo que lo había matado. ¿Te enseñó alguna prueba? ¿Viste el cuerpo del bebé?

Sacudió la cabeza, negando.

—No.

—¿Una tumba? ¿Alguien más te confirmó que había muerto?

Volvió a negar.

—No.

Aquello hizo que mi cabeza empezara a trabajar inmediatamente.

—Entonces todo lo que sabes proviene de Montalvo.

—Sí.

—¿Nunca pudiste comprobarlo?

—¿Cómo iba a hacerlo? —me respondió con una mezcla de dolor y frustración—. Estaba encerrada, Artem. No podía agarrar un teléfono y empezar a preguntar dónde estaba. Ni siquiera sabía a quién preguntarle. Ezequiel me dijo que lo había matado y después no volvió a permitirme hablar del tema. Cada vez que preguntaba... —negó con la cabeza—. Al final dejé de hacerlo y creí en lo que Ezequiel me había dicho, no porque hubiera dejado de importarme, sino porque jamás vi a ningún niño.

No necesitaba que me explicara eso.

Ella había pasado seis años viviendo con una certeza construida únicamente sobre la palabra del hombre que la había secuestrado, violado, golpeado y utilizado todas las formas imaginables de control contra ella.

Y ahora uno de sus hombres acababa de destruir esa certeza.

—Por eso no puedo irme —dijo—. No después de lo que escuché hoy.

La miré.

—Mina...

—No puedo, Artem. —Se giró completamente hacia mí—. Sé lo que estás pensando y sé que puede ser una trampa. No soy tan pendeja como para creer cualquier cosa que venga de ese hijo de puta de Ezequiel Montalvo. Él sabe perfectamente qué decir para hacerme volver y probablemente esto sea exactamente eso.

—Es una posibilidad.

—Lo sé.

—Una muy grande.

—¡Ya sé, chingada madre! —exclamó, y después respiró hondo intentando calmarse—. Pero también existe la otra posibilidad.

No pude negarlo.

Herminia se limpió otra lágrima y continuó antes de que pudiera hablar.

—Porque tú no conoces a Ezequiel como yo. Ese cabrón sí sería capaz de algo así. Sería capaz de dejarme creer durante seis años que mi hijo estaba muerto solo para castigarme. Sería capaz de verme llorarlo todos esos años y no decirme nada porque disfrutaría sabiendo que estaba sufriendo por una mentira que él inventó.

Lo sabía.

Precisamente por eso no podía descartar ninguna posibilidad.

—Y si está vivo... —su voz volvió a quebrarse—, entonces lleva seis años en manos de ese monstruo.

Vi cómo el miedo cambiaba en su rostro. Ya no era solamente miedo por ella.

—No sé dónde está, no sé cómo vive, no sé qué le ha dicho Ezequiel de mí. Ni siquiera sé qué clase de infierno puede estar haciéndole vivir. ¿Cómo quieres que simplemente me vaya, Artem? ¿Cómo chingados voy a vivir tranquila sabiendo que mi hijo puede estar en algún lugar mientras yo huyo para salvar mi pinche vida? Ya no puedo pensar solamente en mí. No puedo.

—No te estoy pidiendo que lo hagas.

Mina se quedó mirándome.

—Pero necesito saber la verdad. —Volvió a mirarme, desesperada—. Aunque resulte que ese hombre me mintió y Ezequiel realmente hizo lo que dijo que hizo, necesito saberlo. Porque si me voy ahora sin averiguarlo, esto me va a perseguir toda la vida. Cada día voy a preguntarme dónde está, si está bien, si me necesita o si está viviendo lo mismo que Ezequiel me hizo vivir a mí... No puedo vivir así, Artem. No puedo.

La observé unos segundos.

No había nada irracional en aquello.

La desesperación podía estar empujándola hacia una decisión suicida, sí, pero la necesidad de conocer la verdad no era el problema. El problema era que Montalvo había conseguido convencerla de que solo existía una manera de obtenerla.

Y ese hijo de puta estaba equivocado.

—No tendrás que vivir así.

Herminia frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Que no necesitas entregarte a Montalvo para que puedas saber la verdad.

—¿Entonces cómo se supone que voy a averiguarlo?

La miré directamente.

—Yo voy a hacerlo.

Se quedó inmóvil.

—Artem...

Por primera vez me tomé el derecho de sobrepasar el mismo límite que yo me había puesto con ella.

Alargué una mano y tomé la suya, mientras la miraba a los ojos y hablaba con una determinación que ni siquiera había tenido con los asuntos de la propia Bratva.

—Voy a averiguar si tu hijo está vivo. Si lo está, voy a encontrarlo. Y si Montalvo lo tiene, te ayudaré a quitárselo para que ambos puedan estar juntos finalmente.

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