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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 38

~ARTEM~

—¿Qué? —murmuré, todavía sin comprender si acaso había escuchado mal—. ¿Tienes un hijo?

No necesité mucho para entender que aquello que Herminia había estado a punto de contarme días atrás era precisamente esto.

Ella asintió, ahogándose con su propio llanto.

—Sí —sollozó—. Pero hasta ahora pensaba que estaba muerto.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo? ¿Qué fue lo que sucedió?

Mina respiró hondo, se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y tardó unos segundos en encontrar la voz.

—Me enteré de que estaba embarazada cuando llevaba alrededor de dos años con Ezequiel —comenzó—. Y cuando lo supe... intenté escapar.

Sentí cómo la mandíbula se me endurecía.

—¿Por el embarazo?

—Sí. Hasta ese momento había tenido miedo de intentarlo de verdad, pero cuando supe que estaba embarazada pensé que ya no podía seguir esperando. —Bajó los ojos hacia sus manos—. No quería que creciera ahí. No quería que Ezequiel pudiera hacerle lo mismo que me hacía a mí, así que aproveché una oportunidad y traté de irme.

—Pero no lo lograste.

Negó lentamente.

—Me encontraron antes de que pudiera llegar demasiado lejos.

La rabia empezó a instalarse en mi cuerpo de esa forma fría y pesada que conocía demasiado bien. No necesitaba preguntarle qué había ocurrido cuando Montalvo la recuperó. Conocía hombres como él. Hombres que interpretaban cualquier desafío como una afrenta personal y necesitaban responder multiplicando el daño para asegurarse de que nadie volviera a intentarlo.

—Después de eso se puso peor —continuó—. Me encerró en una jaula prácticamente durante todo el embarazo.

Mis dedos se cerraron con fuerza sobre el volante. Tuve que recordarme que Montalvo no estaba delante de mí y que romper alguna parte del automóvil no iba a cambiar lo que ya había ocurrido.

—¿Te mantuvo encerrada en una jaula mientras estabas embarazada?

Herminia levantó la mirada y asintió.

—Sí. Ese era el lugar que usaba para castigarme. Normalmente lo hacía por algunos días, pero esa vez me mantuvo allí durante el resto del embarazo para asegurarse de que yo no escapara.

Asentí, conteniendo el impulso de soltar una maldición. Ese hijo de puta se estaba convirtiendo en lo peor que yo había escuchado en mi vida.

—¿Y después? —me obligué a preguntar para no pensar en ese deseo de sangre que se estaba asentando en mí.

Reverendo hijo de mil putas.

—Después volvió y cuando le pregunté por mi bebé me dijo que lo había matado.

Giré completamente la cabeza hacia ella.

Herminia tenía las mejillas empapadas.

—¿Qué?

—Me dijo que lo había mandado matar como castigo por haber intentado escapar cuando estaba embarazada. Que necesitaba entender qué iba a pasar cada vez que intentara hacer algo parecido otra vez. —Se pasó ambas manos por el rostro, pero no consiguió detener las lágrimas—. Me dijo que cualquier cosa que llegara a ser importante para mí, él podía quitármela y destruirla. Que la próxima vez recordara eso antes de intentar dejarlo.

Por unos segundos tuve que mirar hacia el parabrisas porque la violencia que me provocó escuchar aquello fue demasiado intensa.

Había conocido hombres capaces de atrocidades suficientes para llenar cementerios. Yo mismo tenía sangre en las manos y nunca había pretendido ser otra cosa que lo que era. Pero utilizar a un recién nacido para destrozar deliberadamente a su madre estaba en otro nivel de podredumbre.

Si hubiera tenido a Ezequiel Montalvo delante de mí en ese momento, habría disfrutado cada segundo necesario para hacerlo sufrir y derramar cada gota de su asqueroso cuerpo.

Mentalmente sacudí la cabeza e hice la pregunta más importante de todas:

—¿Viste algún cuerpo?

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