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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 31

~MINA~

Esa noche intenté dormir temprano, pero mi cuerpo no parecía tener las mismas intenciones que yo.

Había pasado buena parte de la tarde diciéndome que el coche de vidrios polarizados no significaba nada, que podía pertenecerle a cualquiera y que dos días estacionado cerca del mismo edificio no convertían automáticamente a sus ocupantes en hombres de Ezequiel. Incluso había logrado distraerme durante varias horas, viendo televisión, caminando un poco por el departamento y hablando con Artem por mensajes hasta que él dejó de responder, seguramente ocupado con alguna de esas cosas que nunca me explicaba y sobre las que yo tampoco preguntaba.

Sin embargo, cuando apagué la luz de la habitación y me acosté, la imagen del automóvil regresó a mi cabeza como si hubiera estado esperando precisamente ese momento para fastidiarme.

Cerré los ojos e intenté ignorarla, acomodándome con cuidado para no apoyar mal el pie, pero cuanto más trataba de pensar en otra cosa, más consciente me volvía de cada pequeño ruido del departamento.

Al principio fue algo tan leve que ni siquiera abrí los ojos. Un golpecito distante, quizá proveniente de otra vivienda, seguido unos segundos después por un sonido parecido a algo arrastrándose.

Permanecí inmóvil, escuchando, convencida de que no era nada. Los edificios hacían ruidos. La gente de los apartamentos contiguos caminaba, movía muebles, cerraba puertas, dejaba caer cosas. No tenía sentido levantarme cada vez que escuchara algo desconocido, porque terminaría volviéndome loca antes de que Ezequiel siquiera tuviera oportunidad de encontrarme.

Aun así, cuando otro golpe sonó en alguna parte del departamento, esta vez más cerca o tal vez solamente más claro porque yo estaba prestando demasiada atención, abrí los ojos de golpe y me quedé mirando la oscuridad.

No pasó nada, pero esperé hasta que escuché otro ruido.

Me incorporé despacio, tratando de distinguir de dónde venía. Mi corazón ya había empezado a latir más rápido, aunque una parte de mí seguía repitiéndome que aquello era ridículo.

La puerta estaba cerrada. Artem había tomado todas las precauciones que consideraba necesarias antes de marcharse. Nadie sabía que yo estaba allí, o al menos eso quería creer. Pero el pensamiento del coche apareció otra vez, acompañado por una pregunta que no había querido hacerme durante todo el día: ¿y si Ezequiel ya se había enterado?

—Chingada madre... —murmuré.

Me bajé de la cama con cuidado, apoyando primero el pie sano y después el otro apenas lo necesario. El dolor ya no era ni de lejos el mismo de los primeros días y podía moverme bastante mejor, aunque la doctora seguía insistiendo en que no confundiera mejoría con recuperación completa.

Tomé una de las muletas, avancé hasta la puerta de la habitación y me detuve antes de salir. El pasillo permanecía oscuro. No escuchaba pasos ni respiraciones ni nada que indicara que alguien hubiera entrado, pero aun así no me gustó la idea de recorrer el departamento con una muleta como única defensa.

Mis ojos fueron hacia la cocina y en lo primero que pensé fue en la bendita sartén de hierro.

Resoplé apenas cuando llegué hasta ella con cuidado, la agarré por el mango y dejé la muleta apoyada contra uno de los muebles.

—Otra vez tú y yo.

No era precisamente el arma más sofisticada del mundo, pero después de haber logrado sorprender a Artem con una de esas cosas, había decidido que no debía subestimarla.

Avancé despacio por la sala, tratando de hacer el menor ruido posible, y revisé primero la puerta principal.

Seguía cerrada. El seguro estaba puesto.

Regresé la sartén a su lugar y volví a la habitación, aunque la tranquilidad que esperaba recuperar después de comprobar que no había nadie dentro nunca llegó.

Me acosté nuevamente, cerré los ojos y traté de ignorar el sonido de mi propio corazón, pero cada vez que parecía estar a punto de quedarme dormida, algún ruido lejano conseguía despertarme del todo.

Sabía que estaba exagerando. Lo sabía. Pero una cosa era entenderlo con la cabeza y otra muy diferente convencer a un cuerpo que había pasado demasiados años aprendiendo que bajar la guardia podía costar caro.

Después de casi media hora dando vueltas, me rendí. Me levanté otra vez y esta vez fui directamente hacia la ventana.

Me acerqué con cuidado, aparté apenas la cortina y miré hacia la calle buscando aquel automóvil o cualquier cosa que me resultara sospechosa.

El automóvil no estaba por ningún lado.

Sentí cómo la tensión se aflojaba un poco en mis hombros y hasta tuve ganas de reírme de mí misma. Había pasado toda la tarde vigilando un coche que probablemente pertenecía a cualquier cabrón del vecindario y ahora me encontraba despierta en medio de la noche comprobando si seguía allí, como si mi vida dependiera de ello.

—¿Ves? —murmuré para mí—. Nada.

Estuve a punto de alejarme cuando algo llamó mi atención.

Un hombre.

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