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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 3

~MAKSIM~

—¿Y qué se supone que debo hacer? —pregunté, sosteniendo la pistolita entre los dedos.

Valentina me miró como si acabara de hacer la pregunta más absurda del mundo.

—Atrapar a los malos.

—¿Y quiénes son los malos?

Se señaló a sí misma y luego señaló a Bruno y a Viktor.

—Nosotros.

Levanté una ceja.

—¿Ustedes son los malos?

—Sí.

—Entonces el juego terminará muy rápido.

Frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque los voy a atrapar enseguida.

Ella soltó una risita.

—No puedes.

—¿Ah, no?

—No, porque somos muy rápidos.

Antes de que pudiera responder, dio media vuelta y salió corriendo.

—¡Bruno! ¡Viktor! ¡Corran!

No sé si los gemelos entendieron una sola palabra de lo que dijo. Lo único que comprendieron fue que su hermana estaba corriendo y ellos hicieron exactamente lo mismo.

Bruno encabezó la fuga con una carcajada que resonó por toda la habitación. Viktor lo siguió unos pasos atrás, moviendo los brazos para mantener el equilibrio mientras intentaba alcanzarlo. Yo los observé desaparecer detrás de un pequeño tobogán de colores y negué con una sonrisa.

—Qué pésimos criminales.

Me encaminé hacia ellos con toda la calma del mundo.

—¿Dónde estarán esos peligrosos mafiosos?

Escuché una risita. Después otra. Asomé apenas la cabeza detrás del tobogán y los encontré a los tres abrazados entre sí, convencidos de que eran invisibles.

—Vaya... aquí no hay nadie.

Valentina volvió a reír. Bruno la imitó. Viktor, sin entender el motivo, también empezó a reír.

—Definitivamente no hay nadie.

Esperé unos segundos más y entonces di un salto hacia ellos.

—¡Los encontré!

Tres grititos de emoción llenaron la habitación al mismo tiempo.

Bruno salió disparado hacia el otro lado riéndose a carcajadas. Viktor trató de seguirlo, pero sus pequeños pies se enredaron y terminó sentado sobre el pañal. Se quedó inmóvil un instante, sorprendido por la caída, hasta que me acerqué y lo levanté en brazos.

—¿Ya te rendiste?

Negó con la cabeza muy serio.

—No.

—¿No?

—No.

—Qué valiente.

Le di un beso en la frente y lo dejé nuevamente en el suelo.

Valentina ya estaba escondiendo a Bruno detrás de un enorme oso de peluche.

—Shhh... papi no puede encontrarnos.

Bruno respondió con un "¡ta!" tan fuerte que me indicó exactamente dónde estaban.

—Creo que escuché algo.

—No fuimos nosotros —contestó Valentina con una seriedad admirable.

—¿Ah, no?

—No.

—Entonces debió de ser ese oso de peluche.

Bruno volvió a reír y asomó media cabeza detrás del peluche.

—¡Aquí!

Valentina se llevó una mano a la frente.

—Bruno...

No pude contener la carcajada. Aquel niño era incapaz de guardar un secreto durante más de tres segundos.

Los perseguí otra vez por la habitación hasta que terminé sentado en la alfombra con Bruno sobre una pierna, Viktor sobre la otra y Valentina apoyada contra mi espalda mientras intentaba dispararme uno de aquellos dardos de plástico desde menos de diez centímetros.

—No vale, Valya.

—Sí vale.

—Así cualquiera gana.

—Porque yo soy más inteligente.

—Eso ya lo había notado.

Sonrió satisfecha.

En ese momento la puerta volvió a abrirse y levanté la vista.

Alessia permanecía apoyada contra el marco, con los brazos cruzados y una sonrisa que intentaba disimular.

Nos observó unos segundos antes de hablar.

—Supuse que los pequeños diablillos te iban a convencer de seguir jugando, pero no imaginé que accederías a hacerlo por más de media hora.

Miré el reloj por instinto y me di cuenta de que habían pasado exactamente cuarenta y tres minutos desde que subí a buscarlos.

Carraspeé.

—El tiempo pasó muy rápido.

—Ajá.

Valentina giró la cabeza hacia su madre.

—Mami... estamos ocupados.

—Ya veo.

—Todavía falta.

—No, amor. Ya es hora de dormir.

Mi hija soltó un largo suspiro, exactamente igual a los que soltaba Alessia cuando yo la hacía perder la paciencia.

—Pero mañana.

—Mañana volverán a jugar.

—¿Y si mañana mejor dormimos?

Alessia levantó una ceja.

—Entonces jugarán pasado mañana.

Valentina meditó aquella respuesta unos segundos.

—No.

—Eso pensé.

Me aclaré la garganta.

—Yo creo que todavía podríamos...

Alessia me lanzó una sola mirada y fue suficiente.

Me encogí de hombros.

—...cepillarnos los dientes.

Valentina nos miró a los dos. Después suspiró otra vez.

—Está bien.

—Buenas noches, zayka.

Ella abrazó su osito.

—¿Me cuentas un cuento, papito?

Tomé uno de los libros que descansaban sobre la mesita de noche y me senté junto a ella.

Leí despacio mientras sus ojos empezaban a cerrarse.

Al terminar, cerré el libro.

—Ahora sí. A dormir.

Abrió apenas un ojo.

—Otro.

Sonreí.

—No.

—Por favor, papito.

—No.

—Uno chiquitito.

Me incliné para besarle la frente otra vez.

—Si no te duermes, mami va a venir a regañarnos a los dos.

Pensó unos segundos. Después asintió con toda la solemnidad del mundo.

—Mejor dormimos.

—Esa es una excelente idea.

Esperé hasta verla completamente dormida antes de apagar la luz y salir en silencio.

Cuando llegué a nuestra habitación, encontré exactamente la escena que esperaba.

Alessia ya estaba acostada. Viktor dormía sobre su pecho con un bracito rodeándole el cuello mientras se chupaba el dedo. Bruno estaba atravesado sobre la cama, sujetándole una mano con la suya.

Me quedé quieto en la puerta. No quería romper aquella imagen. Solo contemplarla.

Me cepillé los dientes lo más rápido que pude, me cambié de ropa y regresé casi de inmediato. Me acomodé con cuidado al lado de Alessia, procurando no despertar a ninguno de los dos pequeños.

Ella sonrió sin abrir del todo los ojos cuando pasé un brazo alrededor de su cintura.

—¿Ya se durmió la pequeña manipuladora?

—Hace un minuto.

—¿Te pidió otro cuento?

La miré.

—¿Cómo lo supiste?

—Porque también es hija mía, Maksim.

Negué entre risas.

—Cada día se parece más a ti.

—Pobrecito.

Estaba a punto de responder cuando alguien llamó suavemente a la puerta.

Los dos levantamos la vista cuando la puerta se abrió apenas lo suficiente para que apareciera una cabecita despeinada abrazando un osito de peluche.

—Papito... mamita..., ¿puedo dormir con ustedes?

Alessia y yo nos miramos. Después sonreímos al mismo tiempo. Ella levantó un poco el edredón.

—Ven.

Valentina corrió hasta la cama y se acomodó entre nosotros con la naturalidad de quien sabía que ese siempre sería su lugar. No tardó ni cinco minutos en quedarse profundamente dormida.

A mi alrededor estaban Alessia, Valentina, Bruno y Viktor. Cinco personas ocupando una cama que, curiosamente, nunca me había parecido tan grande como esa noche.

Acomodé un poco mejor el cobertor sobre los niños, besé el cabello de Alessia y cerré los ojos con una sonrisa.

Si alguien me hubiera preguntado años atrás cuál era la definición de una vida perfecta, jamás habría imaginado una escena como aquella.

Ahora no necesitaba imaginar nada. La estaba viviendo.

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