Entrar Via

LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 29

~MINA~

Habían pasado varios días desde que Artem regresó a Chicago y, aunque él todavía no sabía exactamente cuándo volvería a Sinaloa, el teléfono que me había dado para que nos comunicáramos había terminado convirtiéndose en una pequeña ventana hacia él.

Al principio nuestros mensajes habían sido esporádicos, casi siempre para preguntarme cómo seguía mi pie, si Mariana había pasado a verme o si necesitaba algo, pero poco a poco las conversaciones habían empezado a extenderse sin que ninguno de los dos pareciera proponérselo.

A veces Artem me escribía alguna cosa mientras yo veía televisión, otras era yo quien encontraba cualquier tontería que decirle solo para molestarlo un poco, y había noches en las que una pregunta terminaba convirtiéndose en una conversación que duraba más de lo necesario.

Él seguía siendo seco, mandón y desesperantemente bueno para contestar con dos palabras cuando yo le mandaba diez, pero ya había aprendido que detrás de muchas de aquellas respuestas cortantes había sarcasmo y que, si insistía lo suficiente, terminaba siguiéndome el juego aunque después fingiera que yo le estaba haciendo perder el tiempo.

Aquella tarde llevaba varios minutos intercambiando mensajes con él y terminé soltando una carcajada cuando apareció su última respuesta en la pantalla.

[[Eso suena a amenaza.]]

Sonreí mientras escribía.

[[Lo es, güero.]]

Los tres puntos aparecieron en la pantalla unos segundos.

[[Entonces, cuando regrese a Sinaloa, tendré que ir armado.]]

Negué con la cabeza, todavía sonriendo, y respondí:

[[Aquí te espero, sin miedo al éxito ni al plomo.]]

Reí más después de mandar el mensaje y mientras esperaba su respuesta, dejé el teléfono sobre mi muslo y me acomodé mejor junto a la ventana.

Desde que había recuperado suficiente movilidad para moverme por el departamento con menos dificultad, aquel lugar se había convertido en uno de mis favoritos.

No podía salir y entendía perfectamente por qué. Mientras Ezequiel siguiera buscándome, caminar tranquilamente por las calles de Sinaloa como si nada hubiera ocurrido sería una estupidez monumental, y no pensaba arriesgar la libertad que tanto me había costado conseguir solo porque estuviera aburrida.

Aun así, había momentos en que el departamento empezaba a sentirse demasiado cerrado y mi cuerpo reaccionaba antes incluso de que mi cabeza pudiera recordarle que aquello era diferente, que ninguna puerta estaba cerrada con llave para impedirme escapar y que nadie iba a aparecer para castigarme por acercarme demasiado a una ventana. Por eso pasaba cada vez más tiempo allí.

Tener aquel teléfono había cambiado más cosas de las que esperaba.

Artem no estaba allí, seguía a miles de kilómetros ocupándose de los asuntos que lo habían obligado a marcharse, pero saber que podía escribirle y recibir una respuesta hacía que la distancia se sintiera menos grande.

No era lo mismo que tenerlo entrando al departamento con esa cara de pocos amigos o escucharlo burlarse de cualquier cosa que yo dijera, pero se parecía lo suficiente como para que los días no se me hicieran tan largos y el lugar no se sintiera tan vacío.

Me descubrí pensando que era absurdo acostumbrarme tan rápido a la presencia de alguien que apenas conocía y que todavía me parecía un peligro por el trabajo al que se dedicaba, pero no quise darle demasiadas vueltas.

Artem no estaba intentando ocupar un espacio en mi vida y yo tampoco estaba intentando abrirle uno. Simplemente hablábamos. Me hacía reír. Me preguntaba cómo estaba. Yo lo molestaba. Él me insultaba con cariño, si es que semejante cosa podía existir, y después seguía con su vida.

Nada más.

Levanté la vista del teléfono y miré nuevamente hacia la calle.

Fue entonces cuando vi algo en la calle que me llamó la atención y me puso en estado de alerta.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO