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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 28

~MINA~

Me quedé pensando en aquellas palabras durante un momento.

Un código.

Eso era algo que Ezequiel jamás había tenido. Para él los límites existían únicamente cuando se los imponía alguien más poderoso y por supuesto que era capaz de dañar a inocentes solo para satisfacer su propio instinto cruel y despiadado.

Volví a mirar a Mariana y le solté la pregunta que más me importaba de todas:

—¿Tú confiarías en Artem?

Mariana no respondió inmediatamente. Se tomó su tiempo para analizar la pregunta.

—Depende de para qué —respondió al fin.

Fruncí el ceño.

—Eso no es una respuesta.

—Sí lo es. No me metería en sus negocios ni querría saber cosas de la Bratva que no me corresponden. Pero si Artem me dijera que me quedara en algún lugar porque él iba a asegurarse de que nadie me tocara... sí, dormiría tranquila.

Algo dentro de mí se relajó un poco.

—¿Así de segura estás?

—Después de diez años y de que estoy aquí, sana y salva, sí.

Volví a mirar hacia el teléfono que continuaba cargándose sobre la isla. Artem me había dicho antes de irse que entendía que todavía no confiara completamente en él, que esperaba ganarse esa confianza algún día. Escuchar a Mariana hablar de él no borraba todo mi recelo de golpe, pero sí colocaba otra pieza en un rompecabezas que poco a poco empezaba a tener una forma diferente a la que yo esperaba.

—¿Él siempre hace esto? —pregunté.

—¿Qué cosa?

—Ayudar a desconocidos. —Me encogí de hombros—. Encontrarlos tirados en una carretera, llevarlos a uno de sus departamentos, pagarles una doctora, darles comida, esconderlos, protegerlos...

Mariana me miró durante unos segundos y luego negó moviendo la cabeza.

—No que yo sepa.

Sentí que algo extraño se movía dentro de mi pecho.

—Ah.

Eso fue lo único que conseguí responder.

No sabía qué hacer exactamente con aquella información y tampoco pensaba empezar a inventarme respuestas.

Tal vez Artem simplemente había decidido que yo era un problema que no podía abandonar. Quizá todo había comenzado porque su coche me atropelló y su conciencia no le permitió dejarme allí.

Fuera cual fuera la razón, seguía sin entender por qué se había involucrado tanto.

Mariana cambió el tema y yo tampoco seguí adelante.

Terminó de darme algunas indicaciones sobre el pie. Me dijo que estaba sanando bien, que continuara evitando esfuerzos innecesarios y que en unos días podría empezar a apoyar con más seguridad si todo seguía igual. Después guardó sus cosas, comprobó que tuviera suficiente comida y medicinas y finalmente tomó el teléfono de la isla para entregármelo.

—Ya está listo. Dejé guardados los únicos dos números que necesitas.

Así que escribí:

[[Hola, güero. Soy yo, la mexicana. Solo te escribo para avisarte que ya tengo el teléfono.]]

Lo envié y me quedé mirando la pantalla.

No esperaba que respondiera inmediatamente. Seguramente estaría muy ocupado trabajando o haciendo cualquiera de esas cosas misteriosas que hacía un hombre metido en la mafia rusa.

El teléfono vibró pocos segundos después.

[[Bien. Entonces úsalo como te dije. Solo para hablar conmigo y con la doctora Robles.]]

Entorné los ojos.

Claro. Hasta por mensaje tenía que sonar mandón.

Sonriendo, escribí:

[[Sí, señor mandón. Ya entendí.]]

La respuesta llegó casi inmediatamente.

[[Perfecto, Mexicana.]]

Me quedé viendo aquellas dos palabras durante unos segundos antes de bloquear el teléfono y dejarlo sobre mi regazo.

Al menos ahora tenía una forma de comunicarme directamente con el güero y, por alguna razón, aquello me gustaba bastante.

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