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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 27

~MINA~

Al día siguiente, la doctora Robles llegó poco después del mediodía. Se acercó a mí y me entregó una caja con una sonrisa.

—Te traje tu nuevo juguete.

Fruncí el ceño.

—¿Mi qué?

—El teléfono que Artem me pidió que te consiguiera.

De inmediato miré la caja con más atención. Artem había cumplido rápido con lo que me dijo antes de marcharse.

Mariana la abrió, sacó un teléfono sencillo y comenzó a explicarme que la línea estaba preparada tal como él había indicado, que debía utilizarla únicamente para comunicarme con ella y con Artem, y que mientras siguiera escondida era mejor no correr riesgos innecesarios haciendo llamadas a otros números.

Asentí mientras la escuchaba, sin discutir esta vez porque ya entendía que no se trataba de controlar lo que hacía, sino de evitar que cualquier descuido terminara revelando dónde estaba.

Después de dejar el aparato cargándose, Mariana se sentó frente a mí y comenzó a revisar mi pie, haciéndome preguntas de rutina.

—¿Has hecho alguna estupidez desde la última vez que te vi?

—No he hecho nada —respondí.

Mariana levantó la mirada.

—No te creo.

Resoplé y la dejé continuar.

Había algo en ella que conseguía hacerme sentir cómoda sin que tuviera que esforzarse demasiado. Quizá era su forma tranquila de hablar o que nunca me hacía preguntas sobre cosas que yo no quería contar. Llegaba, me revisaba, me llevaba lo que necesitaba y se iba sin hacerme sentir como una paciente inválida ni como una mujer a la que había que tratar con lástima.

Mientras movía con cuidado mi pie y comprobaba la inflamación, terminé mirando hacia el teléfono nuevo y después hacia ella.

—Oye, Mariana.

—¿Sí?

—¿Desde cuándo conoces a Artem?

Sus manos se detuvieron apenas un segundo antes de continuar.

—¿A Artem?

—Sí.

Intenté que sonara como una pregunta cualquiera, pero Mariana alzó una ceja y una pequeña sonrisa apareció en su cara.

—La verdadera.

Se acomodó mejor en el sillón.

—No creo que Artem sea un buen hombre en el sentido convencional de la palabra, Herminia. Sé a qué se dedica. Sé que es peligroso y tampoco soy tan ingenua como para creer que ha llegado al puesto que tiene dentro de la Bratva repartiendo dulces.

Asentí despacio.

Eso ya lo sabía.

—Pero tampoco creo que sea un mal hombre como otros que he conocido —continuó—. En todos estos años jamás lo he visto maltratar a alguien indefenso solo porque puede hacerlo. Nunca lo he visto aprovecharse de una mujer, ni amenazar a alguien que no tenga nada que ver con sus asuntos. Conmigo siempre ha sido respetuoso. Jamás ha intentado obligarme a hacer algo que yo no quisiera y nunca me ha metido más de lo necesario en los negocios de ellos.

Bajé la mirada hacia mis manos.

—Pero ha matado gente.

—Seguramente a un chingo de gente.

La naturalidad con la que lo dijo me hizo mirarla otra vez.

Mariana no intentó endulzarlo.

—Pero también lo he visto llegar con hombres heridos y quedarse pendiente hasta saber que van a sobrevivir —añadió—. Si promete pagar algo, paga. Si dice que hará algo, lo hace. No es un santo, Herminia. Ni cerca. Pero tiene límites. Y tiene un código. Un código de honor en el que no daña a inocentes.

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