~MINA~
Mi grito salió antes de que pudiera contenerlo. Intenté lanzarme hacia él, pero Ezequiel seguía sujetándome y me retuvo contra su cuerpo mientras yo forcejeaba con una desesperación que no sabía que todavía podía sentir.
Julián quedó inmóvil sobre el suelo. No necesité acercarme para saber que estaba muerto. Había visto suficiente muerte durante aquellos años para reconocerla cuando la tenía delante.
—¡No! ¡No! ¿Por qué hiciste eso? —grité, golpeando el brazo de Ezequiel mientras las lágrimas me nublaban la vista—. ¡Él no hizo nada! ¡No hizo nada!
—Lo hiciste tú.
Me quedé quieta.
Aquellas tres palabras fueron peores que el disparo.
Ezequiel me soltó y me volví hacia él. Tenía el arma todavía en la mano.
Durante un instante solo pude mirarla. Pensé en Julián tendido detrás de mí, en la oportunidad que había intentado darme, en lo poco que había pedido a cambio. Nada. Solo quería ayudarme porque, según me había dicho, ninguna mujer debía vivir de aquella manera. Y ahora estaba muerto.
Por mí.
No porque yo hubiera coqueteado con él. No porque hubiera hecho algo malo. Sino porque había intentado ayudarme.
Algo dentro de mí se rompió.
—Dispárame —dije.
Ezequiel frunció el ceño.
Ni siquiera yo supe de dónde había salido aquello hasta que lo repetí.
—Dispárame.
—¿Qué dijiste?
—Que me dispares. ¡Mátame de una vez por todas!
Las lágrimas seguían cayendo por mis mejillas, pero ya no intentaba detenerlas.
Miré directamente el arma y deseé que lo hiciera. Deseé con una fuerza que me asustó que levantara la mano, apuntara hacia mí y terminara aquello de una vez.
No quería sentir otro golpe. No quería volver a despertar preguntándome qué versión de Ezequiel iba a encontrar ese día. No quería pasar otra noche mirando una puerta cerrada ni otro año esperando una oportunidad que quizá nunca llegaría.
Estaba cansada de tener miedo, cansada de suplicar, cansada de existir solamente cuando él decidía permitírmelo. Si aquella era la única manera de salir de allí, entonces que lo hiciera.
—Vamos —lo provoqué entre lágrimas—. ¿No estás tan enojado porque soy una puta? Hazlo.
Su expresión cambió.
Me arrepentí en cuanto lo vi avanzar, no porque de repente quisiera seguir viviendo aquella vida, sino porque mi cuerpo todavía conservaba un instinto de supervivencia que mi mente ya no sabía si quería escuchar.
Ezequiel me agarró de la mandíbula.
—Tú no decides cuándo termina esto.
Sentí que algo helado se instalaba en mi pecho.
—Yo decido cuándo comes, cuándo duermes, cuando follas y cuándo puedes abrir esa puta boca. ¿También crees que vas a decidir cuándo te mueres?
Me empujó y apenas conseguí mantenerme en pie.
—Llévenselo —ordenó señalando el cuerpo de Julián—. Y que todos entiendan lo que pasa cuando olvidan que lo mío no se toca.
«Lo mío.»
Ni siquiera Herminia.
Una pertenencia.
Eso era para él.
Intenté mirar nuevamente hacia Julián, pero Ezequiel me agarró del brazo y comenzó a arrastrarme hacia el pasillo.
Mis piernas apenas podían seguirlo. Tropecé dos veces y la segunda terminé de rodillas, pero no se detuvo. Tiró de mí hasta obligarme a levantarme y continuó avanzando mientras yo lloraba sin fuerzas para pedirle que me soltara.
Conocía aquel camino. Sabía adónde me llevaba antes de que cruzáramos la puerta que comunicaba la casa principal con una zona trasera que casi nunca utilizaban.
La jaula estaba allí.
¿Cuándo iba a terminar aquel calvario?
¿Qué demonios había hecho yo para merecer ocho años de miedo, encierros, golpes y humillaciones?
Había pasado demasiado tiempo buscando una respuesta, repasando una y otra vez las decisiones que tomé a los diecisiete años como si en alguna de ellas existiera un pecado lo bastante grande para justificar todo aquello.
Nunca la encontré. Tal vez porque no existía. Tal vez porque no había nada que pudiera haber hecho para merecer a Ezequiel Montalvo y su maldad.
Levanté el rostro lentamente.
La jaula seguía allí. Los barrotes seguían rodeándome. La puerta continuaba cerrada y Ezequiel todavía controlaba la casa, los hombres, los vehículos y prácticamente cada camino que podía sacarme de aquella propiedad.
Nada había cambiado.
Excepto yo.
Miré mis manos. Temblaban. Tenía sangre seca en los nudillos y no sabía si era mía.
Pensé en Julián diciéndome que había encontrado una manera de ayudarme, en todo lo que había arriesgado por una mujer a la que apenas conocía y en la última palabra que me había dejado antes de morir.
«Huye.»
No podía permitir que su muerte fuera inútil.
Ezequiel terminaría abriendo aquella jaula. Podían pasar horas, días, quizá más, pero lo haría. Me sacaría cuando considerara que había aprendido la lección y esperaría encontrar a la misma Herminia de siempre: asustada, dócil, agradecida por volver a dormir en una cama y dispuesta a hacer cualquier cosa para evitar otro castigo.
Se equivocaba.
Cuando aquella puerta volviera a abrirse, empezaría a buscar la forma de irme.
Ya no importaba cuánto costara, qué tuviera que dejar atrás ni hasta dónde tuviera que correr. Tampoco importaba si Ezequiel me encontraba antes de llegar a la carretera y cumplía finalmente aquello que yo misma acababa de pedirle.
Prefería morir huyendo que seguir viviendo de rodillas.
Llevaba ocho años atrapada en las garras de Ezequiel Montalvo.
No iba a regalarle un noveno.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO
Alguien me puede explicar como del 88 salta al 89 del futuro como asi que Lexia esta embarazada de nuevo...
A mi tampoco me deja y tengo saldo...
Que pasa q no se puede desbloquear las páginas contando con monedas ???? Sean serios y no sinvergüenzas Si alguien quiere seguir leyendo este libro vean estos mensajes y no caigan en esta estafa porque no se puede leer aunque se allá pagado...
No puedo desbloquear los capítulos y tengo saldo, ayudenme !!!...
No puedo desbloquear los capítulos y si cuento con saldo, ayuda!!!...