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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 11

~MINA~

El hombre bajó la mirada hacia el cuchillo que seguía apuntándole y después volvió a mirarme a mí. Esperaba que finalmente entendiera que no estaba jugando, que dejara de sonreír como si yo fuera alguna clase de espectáculo montado para entretenerlo aquella mañana y contestara de una buena vez mis preguntas, pero lo único que conseguí fue que la diversión aumentara en sus ojos.

Su tranquilidad empezaba a ponerme más nerviosa que si hubiera sacado un arma o intentado atacarme. Cualquier hombre sensato habría retrocedido al encontrarse con una desconocida blandiendo un cuchillo a pocos pasos de su garganta. Aquel cabrón, en cambio, parecía estar evaluando si quería café antes o después de que yo intentara degollarlo.

—¿De... gu... e... lle? —repitió lentamente, separando las sílabas de una manera tan espantosa que durante un segundo pensé que se estaba burlando de mí.

Frunció el ceño, ladeó ligeramente la cabeza y volvió a intentarlo.

—¿Degüele?

Lo miré sin entender qué demonios estaba haciendo.

—¿Qué?

—¿Cómo dijiste?

Apreté más el mango.

—Deja de hacerte el gracioso.

—No me estoy haciendo el gracioso. —Arrugó todavía más el entrecejo, como si de verdad estuviera intentando resolver un problema importante—. Nunca había escuchado esa palabra. ¿Qué significa?

Lo miré incrédula.

¿Era en serio? ¿De verdad estaba preguntando eso en medio de aquel momento?

Tenía un cuchillo apuntándole y el muy pendejo había decidido que ese era un buen momento para ampliar su vocabulario.

—Significa que te voy a cortar el cuello de oreja a oreja, cabrón —gruñí—, así que más te vale decirme de una buena vez quién eres y para quién trabajas.

Sus ojos se iluminaron con comprensión.

—Oh. Eso significa.

Volvió a mirar el cuchillo y luego a mí.

—De... güe... lle.

Una sonrisa enorme apareció en su rostro.

—Es una palabra graciosa.

Abrí la boca, incapaz de creer que estuviera teniendo aquella conversación.

—¿Qué?

—Degu-elle —volvió a decir, pronunciándola nuevamente como le dio la gana—. Los mexicanos tienen bastantes palabras graciosas en su vocabulario.

Sentí que me hervía la sangre.

No sabía quién era, no sabía dónde estaba ni qué relación tenía ese hombre con todo lo que me había ocurrido, y aun así ya tenía ganas de enterrarle el cuchillo simplemente para conseguir que dejara de sonreír.

—¿No escuchaste bien? —le espeté, levantando un poco más el arma—. Te dije que te voy a cortar el cuello si no contestas las preguntas que te hice.

La mirada del hombre descendió tranquilamente hasta el cuchillo. Lo estudió durante un par de segundos y después levantó los ojos hacia mí con una ceja arqueada.

—¿De verdad piensas hacerlo?

—Sí.

—¿Cortarme el cuello?

—Si es necesario.

—¿Con eso?

La forma despectiva en que miró el cuchillo consiguió irritarme todavía más.

—Sí, con esto.

—Interesante.

—¿Qué tiene de interesante?

—Que no parece que sepas utilizarlo.

—Sí.

—¡No tienes ni idea de lo que puedo hacer!

—Estoy viéndolo.

—¡Pues mira bien, pendejo!

Sin pensarlo me lancé hacia él.

De haberlo hecho, quizá habría recordado que apenas podía mantenerme de pie, que tenía un pie probablemente fracturado y que estaba intentando atacar a un hombre que me sacaba casi una cabeza y parecía pesar el doble que yo. Pero llevaba mucho tiempo acumulando miedo, rabia, incertidumbre y dolor como para tolerar que aquel desconocido se riera en mi cara.

El problema fue que él estaba preparado.

Me agarró de la muñeca antes de que el cuchillo llegara siquiera cerca de su cuerpo. Sentí sus dedos cerrarse con firmeza alrededor de mi brazo y traté de tirar hacia atrás, pero fue como intentar arrancarle una rama a un árbol.

Giró mi muñeca con un movimiento rápido, preciso y sorprendentemente cuidadoso; no me hizo daño, pero consiguió que mis dedos se abrieran y el cuchillo cayera al suelo con un golpe metálico.

Antes de que pudiera reaccionar, me hizo girar sobre mí misma y terminé de espalda contra su cuerpo, con uno de mis brazos atrapado contra mi abdomen y el otro sujeto por su mano.

—¡Suéltame!

Forcejeé, pero no conseguí absolutamente nada.

El muy cabrón era todavía más fuerte de lo que parecía.

Sentí su pecho contra mi espalda, firme y caliente, y la cercanía me produjo una sensación tan extraña que por un instante mi rabia se desordenó.

Podía sentir el movimiento de su respiración detrás de mí, los músculos de su brazo rodeándome y el calor de un cuerpo masculino demasiado pegado al mío. Entonces percibí su perfume. No era pesado ni excesivamente dulce como el que acostumbraba utilizar Ezequiel; olía a algo oscuro, limpio, ligeramente amaderado, mezclado con el aroma propio de su piel.

Mi cerebro, traidor y completamente idiota, decidió registrar que olía muy bien.

¿En serio, Herminia?

¿Ese era el momento?

Un desconocido enorme acababa de desarmarme y tenía los brazos alrededor de mí, probablemente dispuesto a acabar conmigo, y mi cabeza estaba preocupándose por su perfume.

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