Ella tenía una actitud baja y humilde.
Roque se sorprendió, levantando levemente la ceja.
Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por ella, atravesar montañas y mares de fuego sin pestañear, pero ella le pedía, le rogaba.
"Deja de atacar al Grupo Galán, no te metas con Galaxy," dijo Zulema. "Roque, ¿puedes prometerme eso?"
Facundo había hecho tanto por ella, y ella quería hacer algo por Facundo.
Roque se acercó lentamente a la cama, bajando la mirada hacia ella: "Zule, finalmente me hablas para pedirme un favor, pero es por otro hombre..."
"Solo te pido esto."
"¿Y si me niego?"
Zulema mordió su labio, bajando las pestañas.
Después de un rato, respondió: "Entonces no sabré qué hacer... Ante ti, no tengo poder alguno."
"Zulema," intervino Facundo, "no tienes por qué rogarle por mí, ¡y mucho menos humillarte!"
"Pero tienes que establecerte en Grupo Galán y tienes que hacer algo grande. No puedes arruinar tu futuro por mi culpa".
Roque miró a las dos personas con frialdad, sintiendo un escalofrío en el corazón.
¡Ella realmente pensaba en Facundo!
"Bien," dijo Roque de repente. "Te prometo lo que pides."
Zulema aún no había asimilado lo dicho, cuando escuchó a Roque agregar: "No solo dejaré en paz al Grupo Galán y a Galaxy, también haré que el Grupo Malavé y el Grupo Galán colaboren en inversiones, ¡logrando un beneficio mutuo!"
Facundo se quedó perplejo.
Esa oferta era demasiado tentadora.
Muchas empresas de Orilla anhelaban una colaboración con el Grupo Malavé, haciendo cola y luchando por una oportunidad, y ahora Roque se lo concedía así de fácil.
"Pero tengo una condición," dijo Roque con una sonrisa astuta y una mirada calculadora.
"¿Cuál?" preguntó Zulema.
"Nunca más podrás encontrarte a solas con Facundo. Si coinciden en algún lugar, deberán evitarlo conscientemente, manteniendo una distancia de más de dos metros."
Ese era el deseo de posesión de Roque.
No poder encontrarse, y si se veían, solo podrían observarse desde lejos.
"De acuerdo," Zulema asintió sin pensarlo.
Pero Facundo negó con la cabeza: "No estoy de acuerdo."
Roque entrecerró los ojos.
"Zulema, no te preocupes por mí. Tengo mi carrera y mi empresa. Encontraré una salida a este aprieto", dijo Facundo. "Me voy."
Zulema lo vio desaparecer de su vista.
De repente, sintió un dolor en la mandíbula. Roque la sujetaba suavemente, obligándola a mirarlo.
"Se ha ido y tú sigues aquí, ¿añorándolo?"
"Roque, acepto lo que has pedido," enfatizó Zulema. "¡Y tú también debes cumplir!"
"¡Eres muy considerado con Facundo, pero él no parece apreciar tu amabilidad!"
"No necesito su gratitud, solo quiero que le vaya bien y tenga éxito."
Roque apretó los labios, aumentando la presión en su mano, pero al verla fruncir el ceño de dolor, rápidamente la soltó.
Después de todo, no podía soportar hacerle daño.
Sin embargo, Zulema agarró su manga: "No volveré a ver a Facundo, lo evitaré si lo veo, ¡puedo hacerlo!"
"Bien, bien," repitió Roque. "¡Por ti, lo haré!"
Se alejó con pasos firmes.
No mucho después, una enfermera trajo un té oscuro.
Ese aroma...
Zulema volvió a sentir náuseas.
"Señora Malavé, es hora de su medicina," dijo la enfermera. "Qué afortunada es usted."
"¿Afortunada?" preguntó desconcertada.

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