—¿Pensaste en mí estos días?—le preguntó mientras le alcanzaba su ropa.
—Tal vez—dijo, algo críptica, mientras se vestía prestamente.
A ella le daba algo de pudor estar expuesta frente a él. Ridículo, si atendía a que se había entregado sin barreras y sus dedos y lengua habían escaneado su cuerpo. Tal vez no le gustaba estar en desventaja, después de todo, él no había perdido una solo prenda.
—Apuesto a que sí lo hiciste. No obstante, frente a esa respuesta tan poco convincente, me esforzaré al máximo hoy para evitar que la siguiente vez que te pregunte tengas otra contestación vaga—Sonrió, divertido, seguro de que lograba el impacto que buscaba—. Empecemos por cenar. Me apetece que me acompañes. Has tenido una larga jornada y me imagino que estás muy cansada y con hambre.
—Eso creo—asintió.
—Trabajas demasiado.
—No hay otra alternativa—contestó Regina, elevando sus hombros, sin queja.
—Hay un pequeño restaurante aquí mismo, en el edificio. Es muy privado, he pedido que nos preparen la mesa y un menú que te va a encantar. ¿Qué dices?
¿Qué decía? No podía evitar estar muy sorprendida de que él quisiera hacer algo más que sexo y que además pudieran tener algo de público, testigos que los vieran. Desde el punto uno imaginó la suya como una aventura despojada de magia, con encuentros secretos. Un hombre tan poderoso debía cuidar su imagen, lo entendía.
No podía ser bueno que le conectaran con alguien tan por debajo de su entorno habitual. Seguro esto generaría habladurías; toda ella era muestra de alguien de una escala social inferior. No es que se considerara menos que él u otros como él, pero la realidad no podía esconderse. Y Regina no era afecta tapar el sol con un dedo.
—No creo que mi ropa pueda ubicarse bien en un restaurante—dijo, con timidez—. Solo tengo mi uniforme.
—Mi error no haberte avisado antes. Pero soy un hombre de recursos y planear de antemano. Ven.
La condujo hasta el dormitorio y ella se dejó guiar. El olor a él, a su colonia, a su masculinidad, trepó de inmediato a su nariz. La habitación era gigante, en colores oscuros y sobrios. La enorme cama reinaba en el espacio y encima vio un vestido hermoso, de un corte impecable, en un color pastel muy claro. La visión le quitó el aliento y se adelantó, sin poder evitarlo, a apreciarlo en detalle. Levantó la percha y tocó la tela, dibujando con un dedo los trazos de la costura y supo que era de un diseñador exclusivo. Se percibía en el vuelo, la caída, la tela.
—¡Precioso, una belleza! Tan elegante en su corte.
—Es tuyo—le dijo él.
—No, no, no puedo aceptarlo—negó, dejándolo en su sitio.
—¿Por qué no? Está aquí, tú estás aquí, te he invitado a cenar y no tengo la menor duda de que te sentará como un guante.
—No puedo aceptar este regalo. Es demasiado y no es necesario.
—¿Demasiado, querida? —esbozó una sonrisa de incredulidad—. No es nada, un capricho. El mío. Me encantaría que lo uses. Y estoy seguro que mueres por vestirlo—incitó, apostando a su debilidad.
—No estoy segura, Milo. Claro que me fascina.
—Es hermoso, realmente bello. Se verá perfecto en ti.
La férrea negativa a aceptar nada se vio removida por la ilusión que vio sus palabras. La vocecita malévola que conspiraba en su mente le susurró que no era tan terrible. Un vestido, un regalo. ¿Era tan malo?
—De todos modos, sería un sacrilegio vestir algo tan bello con mis zapatillas—agregó, encontrando la excusa perfecta.

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