El mismo vehículo y chofer la esperaron esta vez, aunque él no estaba adentro, lo que la decepcionó un tanto. Viajó tratando de relajarse, descansando su cuerpo, disfrutando de la música funcional y del olor agradable del cuero. Cuando arribaron, el chofer descendió presto a abrirle la portezuela y ella le sonrió.
Él permaneció serio y le dijo:
-El señor Monahan espera que se comunique por el intercomunicador para habilitar el ascensor.
Ella asintió y obediente, se dirigió al aparato, anunciándose cuando escuchó la voz sensual de Milo.
Apenas tuvo que esperar unos instantes para que el elevador abriera sus puertas y se sorprendió sobremanera al encontrarse con su figura alta y vestida en impecable traje de tres piezas. Su aspecto quitaba la respiración, parado con sus piernas separadas y sus manos en los bolsillos, mirándola de arriba abajo con una expresión que solo pudo calificar como hambre. Sintió que sus bragas se mojaban sin remedio ante la visión y apretó su bolso para encontrar algo de seguridad.
_Bienvenida otra vez, Regina-Le tendió la mano y ella se adelantó para ingresar y pararse justo a su frente, dudosa.
Él se acercó, alzando su mano sobre ella para tocar el botón del ascensor correspondiente y el intenso olor de su fragancia, a cuero, madera y cítrico, impactó sus sentidos y le invitó a morderse los labios. De inmediato, con el elevador en movimiento, él también lo hizo, envolviéndola y arrinconándola contra la pared, tomando sus dos brazos y llevándolos arriba, sosteniéndolos con una de sus grandes manos mientras la otra recorría sin pudores cada una de sus líneas.
Se rindió de inmediato a ese toque que la quemaba, sensación que se redobló cuando él inclinó su cabeza y tomó su boca con ardor, mordisqueando sus labios e introduciendo su lengua en ella en un beso de reclamo al que respondió sin censura. La mano que jugaba y exploraba se cernió sobre su camisa y la desabotonó con habilidad y sin prisa, dejando expuesta su parte superior. Entonces dejó de besarla y se concentró en mirar y moldear sus senos por encima de la tela, sin piedad, pellizcando sus pezones. Regina gimió conmovida y caliente, adelantando su torso para que continuara con esas caricias que la volvían loca.
_ Extrañé estas bellezas, estas nenas preciosas-aseguró él, tomándolas por la base y elevándolas, para dejarlas expuestas a su observación, para luego besar la piel y quemarla con su lengua. Ella gimió con abandono-. Deja tus brazos arriba, Regina-le dijo con una sonrisa y desprendió el corpiño con delicadeza. Libres de su cárcel, los senos se mecieron y sus aureolas destacaron, duras y excitadas.
No tardó nada en deslizar su boca hacia ellas, usando la punta de su lengua para lamerlas y luego chuparlas, degustándolas, sorbiéndolas, haciendo que pequeños relámpagos, corrientes placenteras viajaran por todo el cuerpo de Regina, directos a su pelvis, mojándola, dejándola sin voluntad de nada que no fuera disfrutar de él y entregarse a sus deseos. Él recorrió cada porción de sus senos, dibujando sus lados y protuberancias con su aliento cálido y su saliva, hundiéndose en la uve de su escote, mordiendo con suavidad la piel, para curarla con la lengua.
_ Este es el mejor par de tetas de toda California, Regina, no puedo dejar de devorarlas, de tocarlas-la observó con seriedad no exenta de lujuria, una extraña combinación-. Soy un hombre de senos, me gustan, los disfruto. Contigo esto se hace glorioso. Tan suaves, cremosas y pesadas, deseando ser besadas y adoradas. No voy a decepcionarlas, bella. No quiero que nadie más que yo las tenga, las disfrute. Son mías, tan mías-continuó acariciando y chupando un poco más.
Ella solo pudo asentir, en total rendición. ¿Ante quién otro podía brindarse de esta forma? ¿Qué otro podría arrancarle tantos jadeos y gemidos encadenados y encenderla con sus palabras? El ascensor se había detenido hacia un buen rato, pero era evidente que no tenía intenciones de abandonarlo hasta que su lujuria estuviera contenida. Sus manos abandonaron los senos para dirigirse al vuelo de su falda, que elevó hasta sus caderas para dejar en evidencia las bragas que apenas cubrían su sexo.
_ Bella, traviesa y tan cachonda que me hace arder-gruñó, cubriendo con su mano el pubis, que apretó sobre la tela, para luego apartarla con dos dedos, colándose a la cálida intimidad de su sexo.
Regina sentía sus piernas débiles y se sostuvo de sus hombros mientras él exploraba sus pliegues con la punta de sus dedos, recorriendo toda la extensión de su raja y enviando punzadas de placer que hicieron cerrar sus ojos y apretar sus labios.

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