REGINA
El automóvil los condujo a un estacionamiento subterráneo, desde el que el ascensor privado los llevó a las oficinas de Milo. Él no dejó de abrazarla y acariciarla, besándola con pasión durante todo el breve trayecto, haciéndola sentir un nube de deseo, placer y vértigo, esa sensación que sientes cuando te montas en la montaña rusa de las ferias, en la cual comienzas lentamente llena de espectativas y con la visión de que solo te divertirá, comienza a bombear la adrenalina una vez que aparece la primera pendiente y una vez que estás en la cumbre comienza el descenso vertiginoso, deseas cerrar los ojos hasta que todo pase, pero luego la emoción te embarga y te resulta imposible no disfrutar el momento.
Ya en el interior, la condujo con suavidad al sillón en el que la tarde anterior habían hablado con mucha más formalidad. Parecía que hacía más tiempo de eso, Regina sentía que habían pasado mucho más de veinticuatro horas.
Aquí estaba, pegada al cuerpo de Milo, cuyos dedos se deslizaban con habilidad por su espalda, sin perder tiempo en tonterías, directo al punto, buscando la cremallera del vestido. La bajó con calma y dejó su espalda expuesta, a la vez que la giraba para apreciar su piel desnuda y acariciarla. Su piel parecía despertar bajo su toque sutil y enervante.
—Bonito tatuaje—le dijo al dejar expuestas la frase que hacía tres años se había hecho grabar: Amar es vivir—. Imagino que tiene un sentido específico—señaló mientras su boca encendía su clavícula y sus dedos iban ahora hasta sus senos, mientras la recostaba contra su pecho.
—Lo tiene—dijo, sin ahondar, cerrando sus ojos y mordiendo sus labios, a la vez que dejaba escapar un suave gemido al sentir la presión de sus dedos en sus pezones.
Se regodeó con ellos, rozándolos con las yemas de sus pulgares, absorbiendo contra sí los temblores de Regina y permitiendo que su cabeza reposara en su hombro. En la base de su espalda ella sintió la dureza de su miembro presionando y tragó saliva. Estaba pasando, se estaba entregando a él y disfrutando de algo que era mucho más que un polvo rápido. Él se tomaba su tiempo con ella, la exploraba y buscaba sus reacciones y sus puntos erógenos, a tal punto que ella creía estar en las nubes.
—Hermosa, sabes que lo eres, ¿verdad? Tan suave, tan llena—susurró él.
Ella no lo creía, pero sus palabras le permitían soñarlo. La giró entre sus brazos y besó sus labios, mordiéndolos y lamiéndolos con placer, para luego tomar la tela que reposaba en sus caderas y deslizar la prenda con suavidad hasta sus tobillos. La piel se erizó al paso de sus dedos que parecían dejar surcos de fuego. Él se separó un palmo para apreciarla con ojos entrecerrados, que parecieron volverse más oscuros.
—Eres la perfección hecha mujer— anunció y ella se mordió los labios, impactada y emocionada—. Mírate. Si el pecado tuviera expresión física, tú lo serías.
—No me considero bella—corrigió ella, avergonzada.
La mayoría del tiempo detestaba sus imperfecciones y que él se tomara tanto tiempo para observarla la ponía tensa. ¿Cuánto podría tardar en darse cuenta de que era más ancha de lo habitual?
—Debes creerlo, eres mi tipo de hembra. Rotunda—su mano se pegó a un pecho, amasándolo, y la otra recorrió sus nalgas, haciendo igual—. Llena, voluptuosa. Me excitas de una manera increíble.
Sus dos manos, grandes y no tan suaves como pudo pensar dado su trabajo de escritorio, acunaron y sacudieron sus senos, elevándolos, amasándolos. Con urgencia nacida de la lujuria, se sumergió en el escote, deslizando su lengua. Se apresuró a desprender el brasier, dejando libres los pesados globos.

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