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La Esposa que Quemó su Pasado romance Capítulo 55

Elías y Adela jamás habían visto a su hijo perder la compostura de esa manera.

Tobías, con el rostro endurecido y una voz tan cortante que parecía una ráfaga de viento helado, soltó:

—Papá, ella es mi esposa. Le pido que cuide lo que dice, por lo menos por respeto.

El estruendo finalmente sacó a la empleada doméstica de la cocina. Corrió hacia el comedor y se topó con un desastre total: la comida tirada por todo el piso, avena regada en cada rincón, pedazos de cerámica esparcidos incluso más allá de la entrada principal de la casa. La furia de Tobías había dejado huella.

Elías, incapaz de contenerse, también alzó la voz:

—Desde el principio no reconozco a esa mujer como mi nuera. Te lo voy a decir claro: solo quien pueda darle un hijo a la familia Ferrer merece entrar a esta casa. ¡Las demás no tienen ningún lugar aquí!

—Perfecto —Tobías soltó una risa amarga—. Si tener hijos es el único requisito, entonces yo tampoco pertenezco aquí. Si para ustedes no valgo nada, me voy y no regreso.

Dicho esto, se dio media vuelta y avanzó decidido hacia la puerta.

Adela corrió a alcanzarlo, angustiada:

—¡Hijo, espera! ¿Por una mujer vas a hacer esto? ¿De verdad vale la pena?

—¿Acaso alguna vez pensaron en cómo me sentiría yo? ¡Le pusieron una trampa tan vil a Nerea! ¿Creen que no me duele?

Adela exhaló, resignada:

—Sí, quizás fue demasiado, pero tu papá solo quería que terminaras de una vez por todas con ella. Solo piensa… esa mujer estuvo con varios hombres. ¿Todavía la quieres después de eso?

—¡Por supuesto que sí! —Tobías la miró fijamente—. No me importa lo que haya hecho, ni lo que haya pasado, yo la quiero y punto.

Sin esperar respuesta, salió a grandes zancadas.

Ya en la puerta, se giró una última vez:

—Si lo único que les importa es el hijo que lleva Almudena, pues ya tienen a su heredero. Yo, para ustedes, ya no cuento. Críen a ese niño como quieran, olvídense de que alguna vez fui su hijo.

—¿Pero cómo dices esas cosas…?

—¡Pum!

El portazo retumbó por toda la casa, dejando a Adela con las palabras atoradas y a Elías tan furioso que solo atinó a pisar el suelo con fuerza.

—¿Qué le dio esa mujer a mi hijo? ¿Qué brujería le hizo? —masculló Elías, frustrado.

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