Entrar Via

La esposa de Blackwood romance Capítulo 102

Bajé, cerré el coche con el mando y caminé hacia la entrada de urgencias. Las puertas automáticas se abrieron con un soplido. Dentro olía a hospital. A miedo. A esperanza a medio morir.

Mamá estaba en la sala de espera, sentada en una silla de plástico naranja, con el abrigo todavía puesto y los ojos rojos. Me vio y se levantó. Nos abrazamos sin decir nada. Lloramos un poco, las dos. Después me regañó por no hacer caso y conducir a altas horas de la noche. Luego me llevó a la habitación.

Papá dormía. Máscara de oxígeno, gotero, monitores pitando bajito. Parecía más pequeño. Más frágil.

Me senté al lado de la cama. Le cogí la mano. Estaba fría.

—Ha preguntado por ti antes de que lo sedaran —susurró mamá—. Dice que no te preocupes.

Mentira piadosa, seguramente. Pero la acepté.

Me quedé allí sentada, con la mano de papá entre las mías, como si pudiera transmitirle calor solo con apretar un poco más fuerte. El monitor marcaba un ritmo constante, monótono, casi hipnótico.

Mamá se había quedado de pie un rato, apoyada en la pared, con los brazos cruzados como si así pudiera contener todo lo que estaba a punto de desbordarse. Luego se acercó, me puso una mano en el hombro y murmuró

—Voy a por un café. ¿Quieres algo?

—No. Estoy bien.

Mentira. No estaba bien. Pero no quería que se fuera y al mismo tiempo necesitaba que se fuera un momento, que me dejara sola con él. Con el silencio. Con el miedo.

Cuando salió, la puerta se cerró con un clic suave. El sonido rebotó en las paredes blancas y se quedó flotando. Solo quedábamos papá y yo. Y el bip-bip-bip.

Le miré la cara. Las arrugas más profundas de lo que recordaba. La barba de varios días, grisácea, mal recortada porque siempre se la dejaba crecer cuando estaba malo. Los ojos cerrados, las pestañas temblando un poco cada vez que respiraba. Parecía tan cansado. Tan lejos.

—Papá… —susurré, aunque sabía que no me oía—. Lo siento. Lo siento por no haber venido antes. Por estar tan ocupada con… con todo.

Le acaricié el dorso de la mano con el pulgar. Tenía una vía puesta, un apósito transparente que dejaba ver la piel fina, casi transparente, con venas azules marcadas.

—te vas a recuperar, ¿vale? —le dije bajito, como si fuera un trato entre nosotros—. Prométemelo. Mamá no puede sola. Y yo… yo tampoco. Las dos no podemos vivir sin ti.

Se me quebró la voz al final. Me mordí el labio para no hacer ruido. No quería despertarlo. No quería que me viera así, hecha un desastre, con los ojos hinchados y el rímel corrido que ni siquiera recordaba haberme puesto.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La esposa de Blackwood