Junto al lago.
Apenas Marina y Roxana se sentaron bajo la sombrilla, el mayordomo apareció por otro sendero.
—Señora, señorita Roxana.
Marina le indicó con una sonrisa:
—Mayordomo, cuéntale lo que observaste de doña Agustina en estos últimos días.
—Sí, señora. —El hombre asintió—. En estos días, cada vez que la señorita Yara no necesitaba atención, doña Agustina salió de la casa más de diez veces. Siempre llevaba una bolsa cuando salía, pero regresaba con las manos vacías. Me pareció muy sospechoso, así que ordené hacer un inventario de los adornos. Descubrimos que varias antigüedades del comedor y de las escaleras fueron reemplazadas por imitaciones. El valor de lo robado supera los cien millones de pesos.
Roxana enarcó una ceja, intrigada.
—¿Y lograron averiguar dónde vende esas piezas?
—Sí. En el mercado de antigüedades, a unos veinte kilómetros de aquí. Pero hay un detalle: todos nuestros artículos tienen un sello de seguridad. Un comprador legítimo nos habría contactado para verificar la procedencia. Como nadie nos llamó, es obvio que doña Agustina tiene cómplices allí.
Marina frunció el ceño.
—La Agustina que yo recuerdo era una mujer honesta, humilde, que jamás se habría involucrado con gente de dudosa reputación. Mucho menos nos robaría. Definitivamente, esta mujer es una impostora.
—Mamá, ¿pudieron verificar los antecedentes de su familia?
—Me dieron el reporte anoche. Resulta que su historia es real: su hijo, nuera y nieto murieron por un derrumbe. Pero antes de eso, su casa se incendió. Su hijo había perdido el trabajo, cayó en la ludopatía y apostó hasta la casa. Cuando no pudo pagar, los matones prendieron fuego al edificio. Si doña Agustina no se hubiera despertado a tiempo esa noche, también habría muerto calcinada.
¿Tanta casualidad junta?
A Roxana no le cuadraba. Era evidente que a esa familia la habían marcado desde el principio.
El mayordomo añadió más detalles.
—Así es, señora. Esa tragedia fue muy sonada en su pueblo. El incendio fue voraz, los bomberos tardaron toda la noche en controlarlo. Afortunadamente no era un edificio alto, o habrían muerto muchas más personas. Sin embargo, al día siguiente ocurrió el deslave y los noticieros olvidaron el incendio. Lo sabemos porque encontramos a uno de sus antiguos vecinos.
—Yo... —El mayordomo se quedó sin palabras.
Antes no había notado esos vacíos en la historia, pero con las preguntas de la señorita Roxana, la farsa era evidente.
Marina se sintió avergonzada por no haberlo notado antes.
—Roxana, ¿tienes idea de quién pueda estar detrás de ella?
—Aún no, pero si logró infiltrarse en nuestra casa, es porque buscan destruirnos. Tienen que andar con mucho cuidado a partir de ahora, mamá.
Marina entendió que el blanco de los ataques eran las familias Montes y Soler.
—No te preocupes por tu padre y por mí. Pero, ¿qué hacemos con Yara? ¿Debería alejar a doña Agustina de ella?
—Creo que lo mejor es no hacer movimientos bruscos por ahora. Es mejor tener al enemigo cerca y vigilado. Además, doña Agustina necesita a Yara como escudo para mantener su fachada; dudo mucho que intente lastimarla. Lo que sí podemos hacer es poner a un par de personas discretas en la villa para que la mantengan vigilada de cerca.

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