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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 826

El rostro de Mónica palideció de terror.

—¡No puede ser! ¡Me inyectaron el Líquido del Caos!

Roxana intervino de inmediato:

—Moni, ¿sabes quién te hizo esto?

Ya no había razones para ocultarlo, así que Mónica soltó la verdad.

—Fue Mireya. Esa noche, fui a encontrarme con ella en el Club Zafiro. Cuando llegué, me pidió que la ayudara a cargar unas cosas, pero apenas nos saludamos, sentí un pinchazo. Después de eso, todo se volvió negro.

—¿Mireya? ¡Esa maldita familia! —rugió Marcelo, apretando los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos—. ¡Muy bien! Se atrevieron a tocar a mi hija. ¡Mañana mismo me encargaré de ellos!

—Tío Marcelo, espera —interrumpió Roxana. Algo no cuadraba—. ¿Los familiares de Mireya tienen negocios en el rubro farmacéutico?

—No, ellos...

—En realidad, sí —lo interrumpió Mónica, intentando incorporarse—. Papá, ¿no lo recuerdas? Se asociaron hace poco con una fundación extranjera. Invirtieron un montón de dinero para establecer contactos con la familia Solórzano en Estados Unidos.

—¿La familia Solórzano? ¿Los mismos que financian el Hospital Edson? —preguntó Roxana, alerta.

Marcelo la miró, sorprendido.

—Roxana, ¿cómo sabes eso? ¿Te cruzaste con ellos?

Roxana asintió.

—Sí. Intentaron quitarme el Ginseng de las Nieves en la subasta, pero no lo lograron.

Como se dio cuenta de que su tío aún no sabía sobre el ataque a la casa del tío Bernardo, prefirió omitir esa parte.

—Si eso es cierto, tenemos que movernos con mucha cautela —dijo Marcelo, con el rostro serio—. Si alguien tiene el poder de obligar a la familia de Mireya a ensuciarse las manos, significa que los Solórzano tienen más de un aliado aquí en Veridia. Tenemos que investigar a fondo antes de actuar; si no, solo provocaremos una guerra en la que alguien más saldrá ganando.

Roxana estaba de acuerdo, pero había algo más que le carcomía la mente.

—Tío Marcelo... creo que deberías reabrir la investigación sobre el accidente de don Hipólito y doña Isabel. Tengo el presentimiento de que no fue casualidad.

Al oír eso, Marcelo y Mónica intercambiaron una mirada llena de pánico.

—¿Cómo está Moni? ¿Ya está mejor? —preguntó Hilda, corriendo hacia ellos apenas los vio salir de la habitación.

—Esa mujer esconde algo. Pero este no es lugar para hablar. Vamos afuera.

—Mamá, ¿adónde van? —Yara, que no les había quitado los ojos de encima, sintió que los celos la quemaban viva al verlas tan unidas—. Les preparé un postre de frutas. ¿Por qué no comen un poco antes de salir?

Pero Marina tenía prisa.

—Yara, déjalo para después. Roxana y yo vamos a caminar un rato por el lago.

—Pero...

—Sé buena, volvemos enseguida.

Marina salió con Roxana.

Rafael notó el disgusto en el rostro de Yara y trató de consolarla.

—Yara, tu prima Moni ya está a salvo. Han sido días de mucha tensión para ti también. Ve a descansar, ¿sí?

Yara asintió con una falsa sonrisa, pero por dentro, el odio que sentía por Roxana se volvía cada vez más venenoso.

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