—¡Señora, cuidado!
Begoña fue empujada hacia adelante de repente, pero Dolores reaccionó al instante y la sostuvo con firmeza, jalándola a su lado.
Agustín, en cambio, no alcanzó a detenerse y terminó cayendo de bruces al suelo, soltando un grito de dolor que heló la sangre a todos.
—¡Señor Agustín! —El mayordomo corrió y se agachó para abrazar a Agustín.
Begoña se quedó petrificada al ver cómo la frente de Agustín golpeaba directo el piso; la herida se abrió y la sangre brotó en un chorro tan intenso que le revolvió el estómago.
—¡Apresúrense, hay que llevarlo al hospital ya! —gruñó entre dientes, apenas conteniendo el pánico.
Acto seguido, volvió la mirada hacia Dolores y le ordenó:
—Ve a avisarle a la abuela y a Mariano —forzándose a sonar calmada.
En ese momento, Begoña tomó a Agustín de los brazos del mayordomo. Reina la ayudó a sostenerlo y, junto con Dolores, los cuatro salieron corriendo hacia la camioneta.
El mayordomo encendió el carro a toda prisa.
Las llantas rechinaron y el vehículo se perdió en la distancia.
Begoña apenas podía dejar de temblar. Sostenía a Agustín, que casi ni se movía, pegándolo fuerte a su pecho, mientras las lágrimas caían sin control por sus mejillas.
—Mamá… me duele mucho —susurró Agustín, con la voz tan débil que apenas se oía. El cuerpo le temblaba, como si el frío lo dominara.
Al escuchar esa vocecita, a Begoña se le partió el corazón en mil pedazos.
—Agustín, no tengas miedo, aquí estoy, mamá no va a dejar que te pase nada.
Tomó una servilleta que Reina le extendió y la presionó contra la herida de Agustín, mientras ordenaba sin dudar:
—¡Llama a Mariano! Que avise en el hospital y consiga a los mejores médicos. ¡No puede pasarle nada a Agustín!
Reina, sin perder un segundo, marcó a Mariano y le explicó la situación.
—Mamá, perdón, yo… —balbuceó Agustín al ver la preocupación de Begoña, recordando que hace un rato había intentado empujar a su madre.
Se preguntó si, de haberla empujado, ella también sentiría ese dolor tan feo.
La culpa lo inundó de repente, apretándole el pecho.
—No digas nada, guarda tus fuerzas.
Begoña pegó su cara a la de su hijo, tan pálida como una hoja de papel.
—Mamá sabe que no es tu culpa. Alguien te llenó la cabeza de cosas feas, por eso le gritaste a Tamara, por eso defendiste a ese niño que ni sabemos de dónde salió.
—Cuando seas más grande, vas a entender mejor las cosas. Yo sé que mi Agustín es el mejor del mundo.
El llanto de Begoña caía y se mezclaba con la piel de Agustín, un sabor amargo que se le quedó en los labios… y en el alma.

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