Catalina, luciendo toda la elegancia que la caracterizaba, atravesó con paso firme la entrada del jardín de niños. La palabra “abuelita” que le lanzó Renata pasó desapercibida; Catalina ni volteó a verla.
Ofelia soltó a Agustín, quien en cuanto tuvo oportunidad se lanzó directo a los brazos de Catalina, llorando a moco tendido y buscando consuelo.
—Abuelita, mi tía me pegó, y mamá me apretó la cara así, así... Me sentí muy mal —sollozaba, haciendo gestos exagerados para que todos vieran lo mucho que había sufrido.
Catalina fulminó a Ofelia con la mirada antes de fruncir el entrecejo y mirar a Begoña.
—Bego, ¿cómo es posible que trates así a Agustín?
Begoña ni se molestó en contestar. Ofelia, viendo el momento tenso, intervino.
—Mamá, Agustín estaba defendiendo a la niña que golpeó a Tamara. Mi cuñada solo estaba corrigiendo a Agustín, y te juro que apenas lo tocó, solo lo apretó poquito.
Catalina le lanzó a Ofelia una mirada cargada de reproche, subiendo el tono de voz.
—¡Eso de apretarlo aunque sea poquito tampoco se vale! ¿Y si le hubieras hecho daño de verdad? ¿No pensaste que podía lastimarse?
Luego se giró hacia ella, cada vez más molesta.
—¡Y tú! ¿Así es como una tía debe comportarse?
Ofelia, intimidada, bajó la voz y murmuró:
—Solo le di unas palmaditas en el trasero, ni fue para tanto…
Que la regañaran en público, y peor aún frente a las esposas de otras familias, la hizo sentirse humillada. Temía que las demás se burlaran.
Catalina conocía bien el carácter rebelde de Ofelia y lo estricta que podía ser con Tamara. Sin embargo, cuando se trataba de Agustín, Begoña nunca había sido dura, ni siquiera cuando el niño hacía travesuras mucho peores. ¿Por qué ahora todo era distinto?
Mientras Catalina limpiaba con ternura las lágrimas de Agustín, no podía evitar preguntarse qué había cambiado. Begoña jamás había recurrido a la fuerza para corregirlo.
En ese momento, Renata, que hasta entonces había sido ignorada, se acercó a Catalina bajo la sorpresa de todos. Su vocecita dulce rompió el silencio.
—Abuelita…
Y de inmediato su expresión se llenó de tristeza. Gotas gruesas de lágrimas rodaron por sus mejillas, luciendo tan indefensa que cualquiera habría querido protegerla.
—Abuelita, no quieren que estudie aquí… Tengo mucho miedo —dijo, temblando.
Los murmullos entre los padres presentes no se hicieron esperar.
[—¿Escuchaste? Le dijo abuelita a la señora Catalina... ¿No será que sí es la hija ilegítima del señor Mariano?
—Con razón la señora Guzmán está tan enojada hoy…
—El niño apenas tiene cinco años, y esa niña por lo menos cuatro. Si me pasara a mí, también estaría furiosa…]
Las caras de desprecio entre los presentes lo decían todo.

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