Begoña estaba exhausta, con el cuerpo adolorido y el ánimo por los suelos después de haber pasado todo un día entre heridas y el mar. Apenas podía mantener los ojos abiertos, pero en cuanto sintió el toque de Mariano, una oleada de náusea la invadió. El aroma a madera fresca y ese trasfondo de cigarro que él tenía la revolvieron por dentro.
Abrió los ojos a duras penas, enrojecidos y llenos de venitas, solo para encontrarse con el rostro de Mariano acercándose cada vez más. Despertó de golpe, entendiendo lo que él intentaba hacer. Con todas sus fuerzas, lo empujó y forcejeó.
—¡Suéltame, Mariano!
Pero ya conocía de sobra la fuerza y la terquedad de ese hombre.
Sin pensarlo, Begoña le dio una patada directa donde más le dolía. Aprovechó el momento en que él se encogió de dolor y rodó fuera de sus brazos, cayendo al suelo.
Se levantó como pudo, pero Mariano ya la había alcanzado. La rodeó con sus brazos y la atrajo hacia él.
—Mira que intentaste asesinar a tu esposo, mujer.
Apenas él la tocaba, Begoña sentía que iba a vomitar, la incomodidad era insoportable.
—Aléjate de mí. No quiero volver a verte.
Giró la cabeza, llevándose la mano a la boca, evitando mirarlo, tratando de no respirar su aroma.
—Oye... —Mariano se notaba nervioso—. ¿Te sientes mal? ¿Quieres que te lleve con un doctor?
Begoña lo miró con una frialdad que podría partir piedras, y le dijo palabra por palabra:
—Me das asco.
Al escucharla, a Mariano casi se le rompió el corazón.
—¿Es por el olor a cigarro?
Parecía que apenas caía en cuenta:
—Te juro, no vuelvo a fumar nunca.
Begoña lo miró y casi se le escapa una carcajada.
—No, eres tú el que me da asco.
—¡Mariano!
—Ya me divorcié de ti. No me busques más.
—Mira... Agustín está aquí. Quiere verte. ¿Por qué no vienes conmigo a saludarlo, sí?
El nombre de Agustín Guzmán le retumbó en la mente. Lo primero que sintió fue alivio de que su Josefa estuviera viva.
Por Agustín, solo sentía un deber de madre, ya no había ningún lazo de cariño.
No podía soportar la mirada intensa de Mariano; le revolvía el estómago.
—No me llames así. No te atrevas a entrar a mi cuarto otra vez o te juro que esto no se va a quedar así.
Mariano dio un paso más hacia ella, y Begoña, apenas sintió su proximidad, corrió al baño y vomitó. Dos lágrimas se le escaparon mientras se aferraba al lavabo.
Al verla tan mal, él se echó para atrás, sin atreverse a acercarse más.
—Oye...
Apenas pronunció la palabra, ella le lanzó una mirada gélida.

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