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La Desaparición de la Esposa Hacker romance Capítulo 112

Begoña giró el rostro, esquivando el intento de beso de Mariano. Sus labios terminaron rozando su cuello.

Ese aroma tan suyo, ese aliento que antes la envolvía y la hacía sentir embriagada, ahora solo conseguía provocarle náusea. Su cuerpo reaccionó con una fuerza que jamás antes había sentido, luchando con todo para que él no la tocara.

Su rechazo encendió la furia de Mariano.

Con brusquedad, él levantó su falda y metió la mano por debajo, dejando un rastro de besos desde la clavícula hasta el pecho.

Begoña comprendió de inmediato lo que pretendía, y su resistencia se hizo aún más feroz. No podía soportar más su manera de imponerse.

—¡Mariano, suéltame! —gritó, su voz rasgando el silencio, cargada de rabia y dolor.

Mariano alzó la cabeza, los ojos inyectados en sangre, el gesto descompuesto y oscuro. El odio se le asomaba por los poros, hasta que vio cómo una lágrima caía por el rostro de Begoña, y de pronto, toda su dureza se quebró. Sin saber bien qué hacer, la miró con compasión y torpeza, limpiándole la lágrima con los dedos.

—Amor, esto no es tu culpa.

—Él no debió haber tratado de seducirte.

—Tú me amas a mí. Pase lo que pase, jamás mirarías a otro, ¿verdad?

Cada palabra se clavó en ella como una espina.

Sí, otros la habían cortejado antes, pero siempre se lo había tomado con ligereza, sin dejar que le afectara.

Pero esta vez, ella se quedó petrificada, sin saber cómo reaccionar.

Las pupilas de Mariano estaban llenas de cicatrices, tan vulnerables que por un instante, Begoña sintió compasión. Ahora él también probaba el sabor amargo de la traición.

Solo que ella jamás lo traicionó. Solo fue admirada por otro hombre, solo fue valorada por alguien más, y eso bastó para que él explotara.

¿Y él? Cuando se revolcaba con Rosario a sus espaldas, ¿acaso pensó en cómo podría sentirse ella?

Con todas sus fuerzas, Begoña empujó a Mariano y salió corriendo del estudio. Se encerró en la recámara principal.

Al entrar al baño, se despojó de la ropa y se metió bajo la regadera, dejando que el agua la cubriera. Tomó la esponja y frotó su piel con desesperación, intentando borrar las huellas de Mariano, pero por más que se esforzó, no pudo eliminar esas marcas invisibles que él le había dejado.

Era una herida tatuada hasta en los huesos.

...

—Señora, ya llegaron el vestido y la estilista —avisó Reina desde fuera.

—El señor pidió que se aliste para ir juntos a la fiesta de compromiso de la familia Barrera.

Begoña se quedó quieta, tumbada en la tina, con el corazón hecho polvo. No respondió.

Reina se asomó de nuevo.

—Dicen que irá el nuevo profesor de Nueva Almería, Álvaro, y su hijo. El señor pide que usted lo acompañe, y que si hay algo que aclarar, lo haga esta noche.

Begoña, llena de rabia, tomó el bote de jabón líquido y lo arrojó contra la puerta de vidrio esmerilado. —¡Pum!— retumbó el golpe, Reina retrocedió asustada, pero la puerta ni se inmutó.

Como la vida de Begoña, completamente controlada por Mariano, imposible de mover aunque lo intentara.

Una sensación de impotencia la invadió.

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