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Jefe Irresistible: Rendida a su Pasión (de Maria Anita) romance Capítulo 965

"Irina"

Fui echada de mi propia casa, con la ropa puesta y nada más. Eso era humillante y no lo aceptaría así. Aprovecharía que tenía que firmar el divorcio para recuperar todo lo que era mío, la casa, el carro, el dinero, las acciones de la empresa, ¡todo!

El conductor paró el carro frente a esa casita sin gracia. Pedí que esperara un momento y toqué el interfón. Lucas abrió el portón y entré apurada.

—¿Olvidaste la llave? —Estaba parado en la puerta viéndome atravesar el pequeño jardín.

—Salí de casa sin mi bolsa. Ve y paga el taxi, después hablamos. —Mandé.

Entró a la casa conmigo y sacó el dinero de una lata de azúcar en la cocina. ¿Pero qué lugar era ese para guardar dinero? Mientras salió a pagarle al conductor fui a la cocina y miré la lata, había buen dinero ahí y era mío. Iba a echar a ese traidor, porque después de todo se acostó con mi hija, sería mejor esconder el dinero. Agarré los billetes y me los metí en el bolsillo del pantalón de mezclilla que estaba usando, necesitaría ese dinero para unas cosas básicas, que él se las arreglara con esos cuadritos mediocres que pintaba. Cuando volvió adentro ya estaba sentada en el sofá.

—¿Saliste de casa escondida del vejete? No me digas que quería participar en nuestro acuerdo. —Lucas se rió y se sentó a mi lado en el sofá.

—Quiero saber, cretino, por qué el vejete tenía un video tuyo en la cama con mi hija. —Lo miré con mucha rabia.

Había pensado en simplemente dejarlo pasar y encontrar otro jovencito sabroso, pero ahora necesitaba mi casa de vuelta, entonces echaría a este aprovechado.

—No tengo idea. —Respondió como si no le importara.

—¿Ah, no? ¿Quiere decir que no te acostaste con Ilana? —Pregunté.

—Ah, eso sí lo hice, pero fuiste tú quien me mandó a la jovencita. La culpa es tuya. —Habló naturalmente, como si no fuera nada del otro mundo.

—¿Cómo es eso, imbécil? —Sentí ganas de matarlo.

—Mira, llegó aquí y dijo que tú la habías mandado porque no podías venir, como si la hubieras mandado a venir en tu lugar, ¿entiendes? —Contó y yo bien creía que Ilana fuera capaz de eso y, considerando que Lucas no era muy inteligente, cayó en su conversación.

—¡Le mandé que viniera a darte un recado! —Estaba indignada.

—Sí, pero solo me dijo eso después de que nos agarramos. ¿Cuál es el problema, Irina? ¿Tú también no te acuestas allá con el vejete? Y solo fue una vez que estuvo aquí. —Me miró como si fuera idiota. Al final ya ni tenía importancia, Ilana estaba presa y este idiota debía haber pensado que yo la mandé aquí para acostarse con él.

—¿Dónde está mi ropa que se quedó aquí? —Pregunté, se levantó y fue al cuarto, cuando volvió traía una bolsa de papel con mis cosas adentro.

—Hasta mandé a lavar. —Sonrió.

—Por lo menos voy a tener qué ponerme mañana para la audiencia. —Suspiré.

—¿Qué audiencia? —Preguntó.

—¿Qué estás diciendo, Lucas? —Pregunté, casi sin creerlo.

—Eso mismo, Irina, me acostaba contigo porque me estabas manteniendo, si ya no me mantienes, ya no me acuesto contigo. ¿Entendiste? —Abrió el portón y me empujó afuera.

—¡Mocoso cretino! ¡Entonces eres tú quien se va, porque esta casa es mía! —Grité y lo empujé, tratando de volver adentro sin éxito. Pero soltó una carcajada.

—¡Pero esta es buena! ¡La vieja está gagá! ¿Olvidaste que esta casa está a mi nombre, Irina? —Me preguntó mientras se reía y todavía tuvo el atrevimiento de llamarme vieja.

—¡Sinvergüenza, esa casa fue comprada con mi dinero! —Grité.

—Exactamente, con dinero en efectivo, ni siquiera puedes probar que la pagaste, y aunque pudieras, los documentos están todos a mi nombre, ¡vieja golfa! Ahora vete, esfúmate de aquí y no vuelvas más, ¡detesto a las mujeres más pobres que yo! —Habló con una carcajada y cerró el portón.

Grité, por lo menos media hora, hasta que apareció un vecino y me avisó que si no me iba de ahí llamaría a la policía. No tuve opción. Por lo menos había agarrado el dinero, lo que fue una suerte.

Y como ahí en esa calle no pasaba taxi, tuve que caminar unas cinco cuadras hasta llegar a una avenida y ahí conseguí tomar un taxi, ¿pero adónde iría? Entonces me acordé, no pensé que volvería a necesitarla, pero era la única amiga que tenía, la única con quien podría contar. Le di la dirección al conductor y me llevó al otro lado de la ciudad, un barrio mucho peor que el barrio clase media donde compré esa maldita casa para ese mocoso aprovechado.

Le pagué al taxista una verdadera fortuna y fui hacia el portón y toqué el timbre. Tenía la certeza de que no me negaría ayuda.

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