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Jefe Irresistible: Rendida a su Pasión (de Maria Anita) romance Capítulo 885

"Leonel"

¡Pero qué infierno! Cuando ese portero imbécil me llamó pensé que era mi gran oportunidad de poner las manos sobre la bastardita. Me dio toda la información de la entrada de servicio y hasta me dio la llave que abría la puerta de servicio de su departamento. No había forma de que saliera mal, ¡pero salió! Solo que no sabía cómo.

Tan pronto como salí de ese elevador noté el movimiento policial y escuché al policía interrogando al portero. Entonces me escondí en el cuartito del conserje, ese lugar minúsculo, lleno de baldes y escobas y productos de limpieza. Tan pronto como fue posible verifiqué y la policía ya no estaba más con el portero, entonces lo llamé y me ayudó a salir del edificio por el garaje que estaba desierto, aún estaban buscando dentro del edificio.

Desde el carro le hablé a Isidoro y le di la orden de que fuera a mi casa y ahí reuní a todos los empleados e Ilana y orienté que todos debían confirmar a quien fuera que yo no había salido de casa ese día. Después hablaría con Irina, que debía estar metida en la iglesia, ¡esa mujer iba a terminar volviéndose beata!

Así, sería mi palabra contra la de Anabel, ya que el portero había desconectado todas las cámaras de seguridad. Y aún podría decir que Anabel estaba alucinando debido a la locura.

—Leonel, aprovechemos y hablemos sobre los procesos que sus hijos abrieron contra usted. —Isidoro no parecía tener buenas noticias.

—¡No me vengas a decir que ya estás teniendo problemas, Isidoro! —Me estaba preguntando cómo ese idiota trabajaba para mí hacía tanto tiempo, si no lograba resolver nada.

—En realidad, no son exactamente problemas, pero en el proceso de paternidad, el juez fijó la fecha para que comparezcan al laboratorio que indicó para hacer el examen.

—¡No puedo hacer ese examen! —Respiré profundo y empecé a pensar en qué hacer.

—No veo salida, es una orden judicial y si se niega a hacer el examen el juez puede entender que Anabel tiene razón y declarar que usted no es su padre. —Isidoro explicó y me quedé pensando en esa confusión que estaba causando Anabel, ¡una más!

—Eso no puede pasar. Si dejo de ser su padre legalmente, dejo de tener prioridad para ser nombrado tutor y ahí no podré cuidar de su patrimonio. —Obviamente Donaldo no renunciaría a ser el tutor de la hermana, ya que era el único pariente consanguíneo de ella. No podría ni pedir ser declarado el padre afectivo, pues ni me gustaba esa criatura y siempre dejé eso claro.

—Pero ¿y si usted es el padre? —Isidoro me preguntó como si hubiera encontrado una solución.

—No hay la menor posibilidad. La persona que me contó que Antonia estaba teniendo una aventura con ese hombre sabía lo que decía, no mentiría. —No, no mentiría. Sabía de todo y siempre me mantenía informado.

—¿Y quién fue? —Isidoro era un entrometido, conocía bien el tipo, andaba sondeando para descubrir las cosas y después sacar ventaja.

—¡No es de tu incumbencia! ¿Para cuándo fijó el juez ese examen? —Me enfoqué en lo que me interesaba.

—Pasado mañana. —Respondió casualmente, como si no fuera nada del otro mundo.

—Encuentra una forma de retrasarlo lo máximo posible. —Era como si tuviera que enseñarle al abogado a hacer su trabajo.

—Voy a intentar, pero ese juez no es muy amigable. —Eso ya no era problema mío, que se las arreglara.

—¡Apáñatelas! Te pago para resolver mis problemas y no traerme más. —Lo miré y respiró profundo.

—Y hay otra cosa. —Estaba receloso.

—¡Ay, Dios mío! —Resoplé y miré hacia arriba. —Una más.

—El proceso por el apellido. —Empezó a hablar como un goteo, un poquito cada vez y, por lo que lo conocía, era porque se estaba poniendo nervioso.

—¿Qué pasó ahora? —Ya estaba cansado.

—Me temo que no le va a gustar el resultado. —Parecía medio nervioso, como quien no sabe qué decir.

—¿No dio en nada? —Lo miré con una sonrisa radiante y él pareció confundido por un momento.

—En realidad, señor... —Puso una carpeta sobre la mesa frente a mí. —Me gustaría que usted mismo viera.

Abrí la carpeta y empecé a verificar el contenido. Había una serie de anotaciones, documentos y contenidos. Y había muchas fotos, todas de Irina con ese mismo hombre joven. Fotos muy íntimas y reveladoras. Fue como si el mundo se me cayera encima. Irina, mi esposa, la mujer que pensaba que era una santa me estaba engañando.

—¿Cuándo fue esto? —Señalé una de las fotos. Justamente una en que estaba en cuatro en un sofá y el hombre se la cogía por atrás.

—Hoy en la mañana, señor. —El investigador parecía nervioso.

—¿Qué más tienes? —Pregunté. —Quiero todo.

—Es la tercera propiedad que ella compra señor, amantes diferentes y por lo poco que investigué, parece que fueron muchos. —El investigador se movió en la silla. Por primera vez en la vida me quedé sin palabras.

Otra vez tocaron la puerta y cerré la carpeta rápido. La gobernanta entró con una caja no muy grande en las manos, diciendo que acababa de ser entregada para mí. No había remitente, pero a estas alturas ya sabía que era de mi verdugo anónimo. Abrí la caja y miré su contenido. Eran los lentes de sol de Irina, los reconocería, pero de todas formas, su nombre estaba grabado ahí. Había una nota dentro de la caja que decía: "¡Su esposa los olvidó en casa del amante! ¿Aún logra mantener la cabeza en alto? ¿O los cuernos están muy pesados para cargar?". Cerré la caja sintiendo la rabia hervir dentro de mí y miré al investigador.

—Sigue vigilando, cuando esa puta esté con el amante me avisas, quiero escoger un buen momento para pillar a los dos. —Le advertí y antes de que pudiera cuestionar mi orden, lo mandé. —¡Ve a hacer lo que te mandé!

Mi mundo se estaba desplomando sobre mi cabeza, al contrario de los cuernos, ¡que parecían bien firmes ahí! Le daría un castigo a esa piraña maldita y se iba a arrepentir mucho por haberme traicionado.

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