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Jefe Irresistible: Rendida a su Pasión (de Maria Anita) romance Capítulo 1081

"Hana"

Noche de sábado, el día que el hombre le había dicho a Rafael. ¿Qué quería ese hombre que Rafael hiciera esta noche? No lograba quitarme eso de la cabeza, por más que quisiera olvidar y mantenerme lejos de problemas, más aún ahora que Mel y Fernando estaban comprometidos y embarazados y tenía la certeza de que nadie podría perjudicarlos.

Pero no lograba dejar de pensar en Rafael, se había vuelto casi una obsesión para mí, necesitaba desenmascarar a ese hombre, necesitaba librar a otras mujeres de ese peligro. Y ya estaba jodida de todas maneras, ya había pasado por el infierno y sobrevivido, sabía cómo era y estaba preparada para agarrar a ese hombre tan pronto como resbalara. Entonces, ¿por qué no? No tenía nada mejor que hacer de todas formas y quería mucho descubrir qué era el trabajito que tenía que hacer hoy.

Estaba muy segura cuando me puse la lencería que Melissa me dio y la falda blanca, la misma ropa que había usado para ir tras él al bar. Pensé que sería una forma de romper el hielo, ya que en el momento no nos estábamos hablando. Me paré frente a la puerta de su apartamento en el exacto momento en que abrió la puerta, el portero me había dejado entrar sin anunciar, pues estaba en la lista de visitas preaprobadas de Melissa.

—¡Hana! —Me miró sorprendido y percibí el interés en los ojos mientras examinaba mi ropa.

—¡Hola, Rafael! —Sonreí, con docilidad, como si fuera muy inocente y no estuviera ahí para husmear. Pero me fijé en la ropa que usaba, pantalón social negro y camisa negra. Realmente era un hombre hermoso, era un desperdicio que fuera un psicópata. —¿No me invitas a entrar?

—Es que yo... —Pareció medio sin saber qué hacer, pero se detuvo, se pasó la mano por la cara y resopló. —Ah, que se joda, ¡realmente estás loca! ¡Entra! —Me jaló adentro y cerró la puerta con llave. —¿Qué viniste a hacer aquí, Hana? Después de nuestra última conversación...

—Después de nuestra última conversación, necesitaba pedirte disculpas otra vez. —Lo miré inocentemente y soltó una risa cargada de cinismo.

—¡Estás loca, mujer! ¡Completamente loca! —Reaccionó y respiré profundo para no llamarlo psicópata.

Lo miré bien y noté las ojeras debajo de los ojos, la tensión en sus hombros, el nerviosismo en las manos inquietas. Entonces me acerqué y puse la mano en su brazo.

—¿Qué tienes, Rafael? ¿Qué está pasando? Dices que estoy loca y debo estarlo, porque quiero ayudarte, cuéntame para que pueda ayudarte. —Hablé con calma y me encaró.

—¿Ayudarme? ¿Crees que no sé lo que quieres, Hana? —Me encaró.

De repente, en un movimiento rápido me jaló por la cintura y me apretó con la espalda contra la puerta, presionando su cuerpo contra el mío y sosteniéndome a la altura de sus ojos.

—¿Realmente crees que me engañas, Hana? ¿Crees que un hombre como yo, con la experiencia que ya tengo, cree en esa tu fingida inocencia? Por favor, ¡solo finjo que te creo! —Reveló y debería haber sentido miedo, pero lo que sentía con ese hombre sosteniéndome de esa manera era otra cosa.

—Rafael... —Me ahogué y me aclaré la garganta. —Solo quiero ayudarte. —Pero ya estaba perdida para mí misma.

—Hana, Hana... —Se rió y desvió la mirada. —Sé muy bien lo que estás haciendo aquí hoy. Viniste a vigilarme, a sondearme, a agarrarme en flagrante. Confiesa, Hana, tienes la certeza absoluta de que tengo las manos sucias.

—Tengo la certeza absoluta de que hay algo malo y que alguien quiere que hagas algo muy malo hoy. —Confirmé, no servía esconder, como todo psicópata era inteligente y olía la mentira. Entonces fui sincera.

—Ya veo. Y si es eso, ¿qué pretendes hacer? —Insistió.

—Pretendo impedir que le hagas mal a una persona inocente. —Afirmé categórica.

—¡Aló! —Contestó de forma ruda. —¡Carajo! ¡Ya sé lo que quieres! —Escuchó y respiró profundo. —¡Pero qué mierda! Esto se está yendo demasiado lejos. No, escucha, no amenaces a mi hija otra vez.

Parecía haber olvidado que yo estaba ahí, fue hacia el cuarto y me dejó en la sala. Entonces aproveché y cerré con llave el apartamento y escondí la llave, me deslicé hasta la cocina y cerré con llave la puerta de servicio y escondí la llave también, busqué una llave de repuesto y encontré una en el cajón de la mesita, entonces la escondí. Listo, estábamos encerrados en su apartamento, sería muy difícil que saliera para hacer lo que querían.

Cuando regresó a la sala parecía derrotado. Casi como si lamentara que tuviera que hacer lo que haría.

—Mira, Hana, por más que quiera, no puedo, no soy el dueño de mi vida en este momento. —Habló con la cabeza baja. —Aléjate de mí, por tu propio bien. Las cosas se van a poner feas y sé que ya tuviste tu cuota con esa sabandija de tu ex.

—No puedo, Rafael, no puedo dejar que lastimes a alguien. —Sentí un nudo en la garganta y estaba casi llorando, sentía algo... algo como... como un dolor por él ser un psicópata mentiroso.

—Tengo que irme, Hana. —Fue hacia la puerta y constató que estaba cerrada con llave y sin las llaves. Me encaró y fue hasta la mesita, pero no encontró la llave de repuesto, entonces fue a la puerta de la cocina y regresó nervioso. —Hana, ¿qué hiciste? ¡Dame las llaves!

—No puedo, Rafael. —Afirmé y lo encaré.

—Loca, nos vas a matar a los dos. —Habló aún más nervioso.

—Que así sea, ni tú ni yo somos inocentes de todas formas. —Me encogí de hombros y me mantuve firme. Fuera lo que fuera que pasara después, no permitiría que saliera de ese apartamento esta noche para atacar a nadie.

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