¡¿El Corazón del Mar?!
¡Eso era un tesoro nacional!
¡¿La Princesa Isabella le acababa de regalar un tesoro invaluable a la sobrina de los Quintana como regalo de bienvenida?!
Toda la sala quedó boquiabierta.
Ninguno podía dar crédito a lo que veía, y comenzaron a especular sobre qué clase de relación tenían realmente la Princesa Isabella y Kiara.
En este punto, ya nadie se atrevía a menospreciar a Kiara, y mucho menos a murmurar sobre sus amigos.
Pamela había sido ignorada varias veces por Isabella.
Especialmente por la brutal diferencia entre el trato gélido que recibió y la devoción con la que Isabella hablaba de Kiara.
¡Era una bofetada en toda la cara!
Se había esforzado tanto ese día para opacar a Kiara y humillarla durante el banquete.
Pero la fiesta apenas empezaba y ya se había estrellado de frente contra el desprecio de una princesa real.
No se atrevía ni a mirar a sus "amigas", sintiendo que la cara le ardía de la vergüenza.
Muriendo de celos, se acercó de nuevo a la princesa.
—Princesa, ¿seguro que no se ha equivocado de persona? Mi hermana creció en un pueblito de Solarenia y es la primera vez que pisa Aquilinia. ¿Cómo podría conocer a alguien de su nivel? Tal vez sea alguien con el mismo nombre...
Isabella la fulminó con la mirada.
Habiendo crecido en el palacio, tenía un ojo entrenado para detectar cualquier tipo de intriga. Los jueguitos de Pamela le parecían los berrinches de una niña caprichosa.
Soltó una risa fría, sin molestarse en ocultar su desdén.
—¿Estás cuestionando mi memoria?
Luego se volvió hacia Marcos Quintana.
—Señor Quintana, ¿cuándo bajaron tanto los estándares de su familia? ¿Cualquier gata callejera puede venir a ladrar e insultar públicamente a la señorita de su casa?
El rostro de Pamela palideció al instante.
No esperaba que una noble princesa la humillara de forma tan directa, sin la menor diplomacia.
La expresión de Marcos Quintana se ensombreció.
—¡Pamela Ibarra, si no sirves ni para estar de adorno, vete ahora mismo a la villa! ¡Y mañana a primera hora te largas de regreso a Solarenia!


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