Kiara levantó la mano y tomó a Marcos suavemente por la muñeca, usando sus dedos para masajear con precisión algunos puntos de tensión.
—Tranquilo. El tío Luis está acostumbrado a lidiar con este tipo de tormentas. Este pequeño inconveniente no será un problema para él.
—¿Pequeño inconveniente? —murmuró Marcos.
El dolor punzante en su cabeza comenzó a disiparse gradualmente gracias al suave masaje de Kiara. Levantó la vista y se encontró con la mirada tranquila y serena de la chica. Sin saber exactamente por qué, una inmensa paz inundó su pecho. Su respiración se estabilizó.
Kiara le dio unas palmaditas afectuosas en el dorso de la mano.
—Descansa, abuelo. Si el tío Luis no puede resolverlo, iré a echarle un vistazo.
Las pupilas de Marcos se dilataron levemente por la sorpresa. Había entendido perfectamente lo que Kiara insinuaba: si Luis fracasaba, ella intervendría.
Su nieta... Sus habilidades médicas eran tan extraordinarias que eminencias mundiales la veneraban como a una deidad. Y ahora, frente a un asedio financiero brutal coordinado por los mayores inversores internacionales, ella decía que podía ayudar.
Cualquier error en este ataque masivo significaría la bancarrota absoluta del Grupo Quintana. Sin embargo, para su nieta, esto era solo "un pequeño inconveniente".
Si ella decía que era poca cosa... entonces significaba que la situación no era tan grave.
¡Marcos tenía una fe ciega y absoluta en Kiara!
Esa confianza bastó para calmar por completo sus nervios.
—Entonces... te lo encargo mucho, Kiki —asintió el anciano.
Kiara asintió levemente y miró a doña Silvia.
—Abuela, tú tampoco te angusties. Todo estará bien.
Sentada afuera de la habitación, intentando recuperarse del mareo y del dolor en todo el cuerpo, Pamela escuchaba a escondidas cómo Kiara consolaba a los ancianos. Tuvo que morderse la lengua para no soltar una carcajada de burla.
Si no fuera porque un paso en falso arruinaría todo lo que había soportado hasta ahora, habría entrado a gritarle sus verdades.

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