—Señorita Adriana —una voz perezosa pero cargada de un frío glaciar resonó en el pasillo—. ¿Por qué me da la impresión de que desea desesperadamente que don Marcos muera?
El apuesto y elegante hombre la miró fijamente. En sus oscuros ojos no había más que una frialdad invernal.
Solo con esa mirada.
Adriana sintió que la habían arrojado a un congelador. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal—.
—Y... yo jamás desearía que le pasara nada malo al abuelo... Por supuesto... por supuesto que quiero que se recupere...
—Pero su expresión me dice todo lo contrario, señorita —Joaquín caminó directamente hacia ella con pasos firmes.
El aura que lo rodeaba era aplastante y oscura.
Adriana, aterrorizada, retrocedió dos pasos hasta tropezar y caer al suelo.
Al levantar la mirada para verlo.
La presión que irradiaba era aún más asfixiante.
Para Adriana, ese hombre de belleza implacable parecía un demonio salido del mismo infierno.
¡Parecía que había venido a arrancarle el alma!
Desesperada, Adriana volteó a ver a su padre buscando ayuda. ¡Ella era su hija de sangre! ¡Que ese hombre la humillara frente a él era una bofetada al orgullo de Luis!
Pero Luis solo entrecerró los ojos y la observó con frialdad—.
—Guarda silencio. Si interrumpes la cirugía de tu abuelo, tu título como la señorita de la familia Quintana llegará a su fin.
Los ojos de Adriana se abrieron de par en par. Su rostro se volvió completamente blanco.
Y ya nadie le prestó la más mínima atención.
Todos estaban hipnotizados por la pantalla del quirófano.
Justo en ese momento, adentro de la sala...
—Pinzas.
Kiara mantuvo una calma absoluta. Su voz fría y carente de emociones transmitía una confianza incuestionable.
Insertó un par de agujas más.
De inmediato, metió dos dedos de la mano derecha en el charco de sangre, mientras con la mano izquierda tomaba las pinzas que le tendía el Dr. Smith.

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