Pamela apretaba los dientes de rabia.
Los abuelos apenas habían visto a Kiara una sola vez, ¿y ya confiaban tanto en ella?
Ella y Adriana habían estado a su lado durante más de diez años; ¿cómo era posible que no les creyeran a ellas, pero sí a alguien que apenas conocían?
Cuanto más odio sentía Pamela por dentro, más patética y lastimosa se volvía su expresión:
—Abuelo, abuela, sé que quieren mucho a Kiara, pero... ¿cómo jugaríamos con nuestra propia reputación? Ya no tengo cara para quedarme en Aquilinia...
—No quiero culpar a Kiara. Adri y yo solo esperamos... que ustedes intercedan por nosotras y hagan que ella le ordene a esos matones borrar las fotos y los videos. De lo contrario... ya no tendremos cara para seguir viviendo...
Al final de la frase, estalló en llanto inconsolable y su cuerpo tembló violentamente.
Adriana también soltó un llanto desgarrador.
Al ver a las dos jóvenes llorar tan amargamente, los ancianos fruncieron el ceño con preocupación.
A pesar de todo lo que decían.
Ellos seguían sin creer que una niña como Kiara pudiera ser capaz de hacer algo así.
Kiara tenía una mirada limpia y era una eminencia en la medicina. Por donde se la mirara, no parecía alguien que lastimaría a su propia familia.
Sin embargo... el estado tan deplorable en el que se encontraban las dos chicas no parecía fingido.
—Marcos, hay algo raro en todo esto —Silvia tomó aire profundo, tratando de calmarse y hablando con serenidad—. Yo confío en Kiki, ella no le haría daño a su propia familia.
—Abuela, ¡mírame cómo estoy! ¿Y aún así le crees? —Adriana perdió los estribos por completo—. ¿Acaso te volviste loca por la edad? Pamela y yo estamos así de mal, nos tomaron esas fotos, ¡¿y tú sigues protegiendo a esa bastarda?!
—¡Adriana Quintana! —El rostro de Marcos se oscureció y le gritó con voz helada—. ¡Ella es tu prima! ¿Dónde están tus modales? ¡Si te atreves a faltarle el respeto otra vez, te romperé las piernas!
Tomó su celular:


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste