Kiara soltó una risa irónica:
—Si yo hubiera sido la que perdiera la carrera de hoy, ¿crees que Pamela y Adriana me habrían dejado ir?
—No —respondió Simón sin dudar—. Probablemente te habrían despedazado viva.
—Por lo tanto... —la voz de Kiara era helada—, yo tampoco lo haré. Nunca me hago la santa con las personas que van por mí y quieren destruirme.
Al escuchar eso, Simón soltó una carcajada.
La miró con total admiración.
Era implacable, decidida.
Esa sí que era la sangre de la familia Quintana.
—Me gusta tu actitud —dijo Simón, aún apoyado en su mano y mirándola fijamente.
De pronto, arqueó una ceja, cambió de tema y su sonrisa se volvió más pronunciada:
—Pero, Skye... Resulta que mi sobrinita es bastante increíble. La reina de las pistas de hace cuatro años.
Entrecerró sus ojos oscuros:
—Hace cuatro años... mi querida sobrina apenas tenía dieciséis, ¿verdad?
Kiara ni se inmutó:
—Tengo licencia de conducir. Mi calificación para competir fue aprobada por la asociación internacional.
—Tan joven y tan talentosa —Simón se frotó la barbilla—. Así que, aquella noche en el estacionamiento de la subasta clandestina, ¿esa habilidad para patear a mis guardaespaldas y robarme el chip también fue algo natural?
Kiara guardó silencio.
*¿Cómo es que la conversación terminó en el maldito chip?*
Esta vez, no tenía ganas de negarlo.
Orilló el auto, pisó el freno y miró al hombre a su lado.
Por instinto, Simón tensó los músculos, pensando que la chica se había molestado y estaba a punto de atacarlo otra vez.


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