Sus hombres acorralaron de inmediato a los encargados de las transmisiones y los obligaron a apagar todos sus equipos a la fuerza.
Augusto esbozó una sonrisa macabra y miró a Kiara.
—¡Me importa un comino quién seas! En este lugar, la única ley es la mía.
¿Quieres dinero? ¿Quieres que me corte la mano?
Soltó otra carcajada siniestra y agitó la mano en el aire.
Al instante, decenas de sus matones, que ya estaban ansiosos por atacar, la rodearon.
Con rostros llenos de malicia, formaron un círculo infranqueable alrededor de la chica.
—Te lo diré solo una vez: todos los que están aquí trabajan para mí. Y si decido no cumplir la apuesta, ¿qué carajos me vas a hacer?
Augusto clavó su mirada feroz y amenazante en las manos de Kiara—. ¡Hoy no pienso pagarte ni un solo centavo, y además me voy a quedar con una de tus manos como compensación por los daños causados!
Al ver esto, el color regresó paulatinamente a la cara pálida de Adriana.
—¡Sí! ¡Así se hace!
Su voz aguda sonaba cargada de rencor—. Augusto, ¡no la dejes ir! ¡Córtale las manos, arruínale esa cara y veamos si le quedan ganas de seguir siendo tan altanera!
Detrás de la multitud, los labios de Pamela se curvaron, formando poco a poco una sonrisa.
¿Y qué si había ganado la carrera?
¿De qué le servía ser buena manejando?
Aquel territorio le pertenecía a Augusto.
Él era un hombre rencoroso y despiadado, que no toleraba el más mínimo insulto.
Tras haber sido humillado delante de tantas personas, ¡era obvio que no la dejaría salir ilesa!
Pero, ante el cerco de esos despiadados matones...
Kiara ni siquiera parpadeó. Seguía luciendo esa misma expresión perezosa e indiferente de siempre.
Levantó la mano, acomodó con lentitud los mechones que el viento le había revuelto, y giró la cabeza con desgano hacia el hombre que había estado observando la escena con total tranquilidad desde hacía rato.
—Tío Simón, ¿ya te cansaste de ver el show?



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