Para mantener su estatus en ese círculo exclusivo.
Para sostener su fachada de superioridad.
Pamela Ibarra apretó los dientes y se armó de valor.
—Ya que tienes tantas ganas de jugar, Kiara, como tu hermana mayor, te acompañaré hasta el final. Apostaré todos mis ahorros: diez millones de dólares.
Esa era, de hecho, toda la fortuna de Pamela.
Pero estaba convencida de que, por muy buena que fuera Kiara en otros ámbitos...
¡En las carreras jamás podría superar a Adriana y a Augusto!
En cuanto Kiara perdiera...
No solo recuperaría su dinero, ¡sino que también se llevaría una parte de los cien millones de Kiara!
—¡Qué valor! ¡Espero que tu habilidad al volante sea tan impresionante como tu atrevimiento! —se burló Augusto—. Ya que hay alguien regalando dinero, lo aceptaré con gusto. ¡Voy! ¡Y subo cien millones más!
Un destello malicioso brilló en sus ojos mientras sonreía a las cámaras que transmitían en vivo.
—¿Lo están viendo todos? ¡Es ella la que quiere apostar! Ya que estamos jugando en las grandes ligas, apostar solo dinero es muy aburrido, ¿no creen?
—¿Por qué no le ponemos más emoción? —Clavó una mirada sombría en el rostro deslumbrante y hermoso de Kiara, sintiendo un retorcido placer—. Quien pierda, tendrá que cortarse una mano... ¡o correr tres vueltas completamente desnuda!
Al escuchar eso, la multitud estalló en gritos de emoción.
Incluso hubo quienes silbaron.
Pamela se tapó la boca rápidamente y fingió horror.
—Es... esto es demasiado cruel. Kiara es una señorita, ¿cómo podría...?
—Pamela, ¿por qué te preocupas por ella? ¿No que es muy arrogante? ¿No tuvo el descaro de provocarnos con cien millones? —Adriana apretó los puños—. Si no se atreve a apostar... ¡que se rinda de una vez!
Lanzó una mirada furtiva a Simón Quintana, notando que él seguía con el cigarrillo en los labios, sin decir una sola palabra.
En el fondo, no lograba descifrar qué estaba pensando su tío Simón.
—De acuerdo.

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