Al final, la joyería es un proceso largo y bien delicado. Ni siquiera los expertos del medio se atreven a asegurar que podrían agarrar su propio diseño y convertirlo en una pieza terminada con sus propias manos.
—Pero, la neta, sí me muero por ver… cómo se ve el diseño de la diseñadora número 4 ya hecho joya. Si el boceto ya estaba impresionante, la pieza final seguro va a estar todavía mejor.
—Por eso estos concursos de Maestra Téllez valen la pena. ¡Qué nivel! ¡De verdad, qué nivel!
…
En las gradas, el público no dejaba de comentar.
En cambio, sobre el escenario, varios diseñadores ya no traían tan buena cara.
Catalina, que venía súper confiada, traía la barbilla en alto, lista para que anunciaran el tema de la segunda ronda.
Luego iba a usar tres minutos para pensar.
Y después, con su diseño “brillante”, iba a dejar a todos con la boca abierta.
Para que quedara bien claro, otra vez, que ella era una genio.
Pero no contaba con que Perla fuera a salirse del guion.
¿Ahora iba a ponerlas a fabricar la pieza final?
Catalina fue la primera en alzar la voz:
—Maestra Téllez, nosotras somos diseñadoras, no artesanas. En un concurso de diseño, ¿no se supone que se evalúan los bocetos?
Era evidente que, después de la primera ronda, a Catalina se le había subido la fama a la cabeza. De verdad ya se veía como la gran estrella del mundo de la joyería.
Hasta se imaginaba que, con lo que había mostrado, los pesos pesados del medio iban a fijarse en ella.
Y que, si Perla quería aceptarla como su última alumna, todavía tendría que rogarle bonito para que ella, con mucha “generosidad”, aceptara.
Por eso habló con cero tacto.
—En los diez talleres de trabajo, cada uno tiene asignado un maestro joyero como asistente para apoyar. Ya están preparados todos los materiales necesarios: gemas de todo tipo, pulidoras para piedras y demás. Los materiales son exactamente los mismos en los diez talleres.
—En cada taller hay cámaras. La transmisión será completa, sin puntos ciegos.
—Tienen cinco horas. Ahora, por favor, vayan al taller con su número asignado.
Los diez diseñadores que avanzaron voltearon primero a ver a Catalina.
Como ella seguía con la cabeza baja y sin intención de hablar, por fin comenzaron a caminar hacia los talleres.
Catalina, con una mirada sombría, se quedó viendo a los que se iban.
Apretó los dedos.
«Unos cobardes. Si todos se juntaran y se negaran a una prueba así, ya estaría. Pero no, todos calladitos… y eso nomás hace que Perla se sienta más arriba», se reclamó por dentro.
Aun así, también entró a su taller.

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