Dicho así, sonaba como si estuviera defendiendo a Kiara.
Pero entre líneas, lo que daba a entender era otra cosa: que Kiara no tenía modales, que no entendía las reglas y que, en pocas palabras, le estaba faltando al respeto a Álvaro.
Los ojos de Álvaro, cálidos y claros detrás de los lentes, parpadearon apenas. Cuando miró a Pamela, su mirada se le apagó un poco.
Aun así, la sonrisa tranquila no se le fue.
—No pasa nada. Las reglas son rígidas, pero la gente no. Kiara tiene trabajo que sacar; y la familia está para apoyar y entender.
El tono seguía siendo sereno, pero lo que decía era una defensa clarísima de Kiara.
La sonrisa de Pamela se le congeló un instante. Sin querer, apretó los dedos; esa sensación de nudo en el pecho la hizo sentirse agraviada.
¿Hasta Álvaro… también?
¿Qué tenía Kiara? ¿Qué pinche magia era esa?
Estaba furiosa, pero sabía perfectamente que en la familia Ibarra todos eran muy perceptivos.
La última vez ya había hecho enojar al abuelo.
Ahora no se atrevía a decir de más.
En ese momento, Mohamed llegó de prisa y le dijo a Regino:
—Señor… creo que acabo de ver un carro de la familia Carrasco estacionado en la entrada de la casa principal.
—¿La familia Carrasco? —Regino se sorprendió.
Aunque los Ibarra se llevaban bien con los Carrasco, y él y el patriarca de esa familia eran amigos de años, no era normal que llegaran de noche sin avisar.
¿Había pasado algo?
—¿La familia Carrasco? —Los ojos de Pamela se iluminaron de golpe. El corazón se le aceleró y miró a Mohamed, ansiosa—. ¿Vino Joaquín?
La emoción se le desbordaba.
—Mohamed, ¿cómo que hasta ahorita dices? ¡Joaquín… voy a recibirlo!
Y echó a correr hacia la puerta, con esa mezcla de ilusión y vergüenza de quien trae el corazón alborotado.
—¿Qué? —a Pamela se le salió la voz, aguda, imposible de controlar.
La expresión de “niña enamorada” se le quedó pegada en la cara, rígida, como si por fin se le estuviera cuarteando la máscara.
Tras ese estallido, se obligó a bajarle; la voz le tembló un poco:
—O sea… ¿desde cuándo Kiara conoce a Joaquín? Ni siquiera le dijo a la familia.
Se le fue el color del rostro, pero por dentro no podía creerlo.
Joaquín no iba a relacionarse con una “falsa heredera” de los Zúñiga, alguien sin nivel, encima criada en el rancho.
Y además…
¡Esa misma había estado cuatro años atrás de Fuentes, rogándole!
Una mujer así no podía conocer a Joaquín, mucho menos para que él la viniera a dejar.
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