Cuando Patricio Fuentes y sus papás llegaron con regalos a la casa, lo que vieron fue a Catalina con un vestido corto blanco estilo boutique, maquillaje impecable y esa carita dulce de niña bien.
Estaba junto a Dana, sonriendo y platicando con varias señoras de la alta sociedad.
La verdad, sí traía porte de “hija de familia”.
Por allá, unas señoras todavía andaban jalándola del brazo, felices:
—Cata, ¿cuántos años tienes ya? Mi chamaco tiene veintitrés, apenas entró a la empresa para ir aprendiendo… ¿no te gustaría salir a cenar con él?
Catalina miró a la señora.
Desde que volvió con la familia Zúñiga, se había puesto a investigar a fondo a todo el círculo social de Clarosol, y se lo había aprendido de memoria.
A esa señora la ubicaba: tenía bastante peso en Clarosol, y era mucho más rica que la familia Zúñiga de antes.
A Catalina le brilló la mirada, todavía pensando cómo contestar.
Pero otra señora ya le había jalado la mano:
—Ni le hagas caso. ¡Mejor mira al mío! El mío sí es un partidazo, y aparte está bien parecido.
—¿No manchen? ¿Ya empezaron a pelearse por ella? Si ustedes van a jugar así, entonces yo tampoco me voy a quedar callada. Cata, mira, aquí tengo una foto de mi hijo…
Catalina quedó rodeada por un grupo de señoras.
Veía una tras otra: familias importantes, con dinero, con apellidos de peso.
Le costó trabajo disimular la sonrisa.
Dana, a un lado, estaba feliz; no se le borraba la cara de gusto.
—Cata.
De pronto se escuchó una voz clara.
La sonrisa de Catalina se le congeló.
Alzó la vista y vio a Patricio parado en la entrada de la casa de los Zúñiga.
Detrás de él venían sus papás.
—Perdón, llegué tarde —dijo Patricio al ver que, en cuanto lo vio, Catalina se quedó mirándolo sin reaccionar.
Si los perdonaban tan fácil, iban a parecer desesperados.
Y encima, los Fuentes habían venido en persona y con un montón de regalos. Eso probaba que toda esa imagen sí les estaba funcionando.
Entonces, con más razón, tenían que hacerse los difíciles.
Patricio llegó decidido y estiró la mano para tomar la de Catalina.
Catalina dio un paso atrás para esquivarlo, y luego se escondió un poquito detrás de Dana.
Mordió su labio carnoso y lo miró con ojos brillosos, como reclamándole.
—Cata… —Patricio todavía quería decir algo.
Dana se metió de inmediato frente a su hija. Miró a Patricio y soltó una risa fría.
—Mire nada más, qué honor. ¿A qué se debe la visita, señor Fuentes?
Luego miró a los papás de Patricio, que venían sonriendo hacia ella, y jaló apenas la comisura de la boca, sin calidez.
—¿Y qué viento los trajo también a usted, señor Fuentes, y a usted, señora Fuentes? La familia Zúñiga es una casa sencilla; aquí no caben tres personas tan importantes.

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