…Los conocidos que antes ni contestaban, ahora salieron de debajo de las piedras.
La familia Zúñiga estaba al borde del colapso.
Si no conseguían inversión o acuerdos pronto, no tardaban en declarar bancarrota.
En la fiesta de mayoría de edad de Eloísa, no solo no aprovecharon esa oportunidad única para meterse a un círculo de élite: además los sacaron del evento.
Les salió todo al revés.
Ahora, con una invitación pública de la maestra Téllez en la mano, era su oportunidad de levantarse otra vez.
Y que nadie lo subestime: la maestra Téllez no era “solo” una diseñadora de joyas. Aunque aceptara a Catalina como aprendiz, no era nada más un título bonito.
Una figura así tenía recursos y dinero que muchísima gente no podía ni imaginar.
Un solo diseño suyo podía subastarse por una fortuna.
Y sus contactos… ¿cuántos pesos pesados estarían dispuestos a echarle la mano a la familia Zúñiga por respeto a la maestra Téllez?
Sin mencionar que…
Detrás de la maestra Téllez estaba Queen.
Si Catalina se volvía aprendiz de Perla, no solo iba a subir su valor de golpe: su “talento” también se convertiría en un respaldo para la familia Zúñiga.
Ya habían perdido la oportunidad de escalar apoyándose en la señorita Ibarra para acercarse a familias poderosas.
Así que ahora tenían que agarrarse de esto y meterse, por fin, a un nivel más alto.
Y, al parecer, el plan les estaba saliendo.
No había pasado tanto tiempo y ya un montón de gente estaba llamando.
Claro, el círculo en el que se movía la familia Zúñiga no llegaba al nivel de la familia Carrasco.
—Dana, no te hagas. Que una maestra tan exigente la invite personalmente ya dice todo.
—¿¡Ese concurso es solo un trámite! Con el talento de Cata, la gran Téllez ya la tiene en la mira.
—Cuando la familia Zúñiga se haga grande, no se vayan a olvidar de nosotras.
Una peor que otra para quedar bien.
A Dana se le subió más el orgullo.
Solo de imaginar que su hija se haría famosa de un jalón, y que ella, como mamá de una “genio” del diseño de joyas, sería buscada por señoras ricas para rogarle que su hija les diseñara piezas… le temblaba el cuerpo de emoción.
Catalina escuchaba los halagos y hasta ella misma empezó a creérselos.
Como si ya hubiera ganado el concurso, como si ya fuera la aprendiz de Perla.
Y entre más se emocionaba, más sonreía con esa falsa modestia dulce.

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