—Ya sé que esa niña acaba de volver a casa y tú te sientes culpable con ella… pero no por una culpa del momento vas a mandar a Pamela a la casa de las afueras. Porque si la mandas y le pasa algo, ¿no vas a terminar sintiéndote culpable con Pamela también? Y esa culpa… no le hace bien a ninguna de tus dos hijas.
Alejandra pensaba por completo desde la perspectiva de su hija.
Durante los últimos veinte años, su hija había vivido con esa culpa por haber perdido a su hija biológica.
Aunque tuviera a Pamela a su lado, en esos veinte años jamás había podido dormir tranquila.
No quería que su hija pasara el resto de su vida cargando con esa culpa.
Vanesa se explicó, desesperada:
—Papá, mamá, no es así… No tiene nada que ver con Kiki. Es que Pamela hizo algo mal…
—¿Qué pudo haber hecho para que corras de la casa a una niña enferma? —Jacobo la interrumpió—. Vanesa, tú sabes cómo está mi corazón. Pamela está así de mal y tiene que quedarse en casa a recuperarse. Si de plano no la aguantan, cuando se mejore nos la mandan un tiempo con nosotros.
Vanesa miró a Pamela y luego a sus papás en la pantalla.
—Papá, mamá… en serio no es como creen. A Pamela la crié yo; claro que la veo como una hija…
—¿Y todavía qué me estás discutiendo? —Jacobo se apretó el pecho y tosió dos veces, fuerte—. Vanesa, Pamela es como su nombre: una niña dócil. Y ustedes la consintieron tanto que es ingenua. Haga lo que haga, no tienen por qué correrla de la familia Ibarra.
Ellos estaban en el extranjero, y toda la información que recibían venía filtrada y distorsionada por Pamela.
Sobre todo esa mañana, cuando hicieron videollamada con Pamela: los ojos hinchados de tanto llorar, y Lucía echándole más leña al fuego al lado.
A los dos se les partió el corazón.
La imagen de “niña buena” que Pamela llevaba años construyendo frente a ellos ya estaba demasiado arraigada. Ni se les pasó por la cabeza que pudiera estarles mintiendo.
Vanesa, al ver lo firme que estaba su papá, no tuvo más que ceder:
—Hace rato… era tu abuelo y tu abuela. Lo escuchaste, ¿verdad? Pamela sigue con fiebre alta, y ellos tampoco están bien de salud. No podemos preocuparlos…
—Lo entiendo —Kiara sonrió, suave—. No pasa nada. Su salud es lo primero.
Que su hija fuera tan tranquila solo hizo que la culpa de Vanesa pesara más. Le apretó la mano.
—Cuando Pamela se mejore tantito, les explico bien todo esto.
Kiara sonrió. Sus ojos claros se alzaron apenas, y miró de reojo a Pamela en el sillón.
La sonrisa se le marcó más, pero ya no tenía la calidez con la que hablaba con Vanesa: era una mueca fría, cargada de burla.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste