—¿Kiki, ya despertaste?
Del otro lado se escuchó la voz suave de Vanesa.
—¿O ya saliste?
A Kiara se le erizó el cuero cabelludo.
Toda la intención de estarlo provocando para verlo perder se le borró al instante.
Se levantó de la cama como resorte.
Checó la hora.
¡Ya eran las diez y media de la mañana!
Con razón su mamá estaba tocando.
Normalmente, aunque se desvelara, a las siete y media ya estaba abajo desayunando.
Si hoy no bajó…
Su mamá seguro se preocupó.
—¿Kiki? —Vanesa tocó dos veces más, confundida—. ¿Todavía no despiertas?
Kiara miró la puerta cerrada y luego al hombre que seguía ahí, recostado junto a ella, bien campante y “presumiendo”.
Jaló la cobija y se la aventó encima para taparlo, bajando la voz.
—¡Ya vete!
Si su mamá veía a Joaquín en su cuarto, si se enteraba de que… anoche durmieron en la misma cama…
las familias Ibarra y Carrasco iban a estallar.
Eso no se iba a poder explicar ni con milagros.
Todo por culpa de Escorpión y sus “brillantes” ideas.
Como él no se movía, Kiara lo empujó con la mano.
—¿Qué haces ahí tirado? ¡Vete ya!
Esa actitud de ella, como si estuviera ante una emergencia, era rara de ver.
Joaquín sonrió.
Su voz, recién despierta, sonó baja y magnética.
—¿Tanto miedo de que se malinterprete?
Afuera, Vanesa volvió a tocar, todavía más intrigada.
—¿De veras salió temprano? Pero Mohamed no me dijo nada… Mejor le marco a Kiki.
Kiara se quedó viendo la cortina moviéndose.
En el aire parecía quedarse el aroma fresco de él, como a pino.
Apretó los labios.
Se acomodó la pijama y fue a abrir la puerta.
—Kiki, ¿estás bien? —Vanesa la miró preocupada—. ¿Te cansaste demasiado ayer?
Le tocó la frente.
—¿Por qué traes la cara tan roja? ¿Tienes fiebre? ¿Le hablo al doctor para que venga?
—Estoy bien —dijo Kiara, sujetándole la mano rápido. Se obligó a bajar las revoluciones del corazón y sonrió—. Yo soy doctora, ma. No necesito que me revisen. Es que apenas me desperté… y me quedé muy tapada.
—Qué bueno —Vanesa la miró con cuidado. Al ver que no parecía mal, se relajó un poco—. ¿Te desperté?
—No, justo ya me dio hambre —dijo Kiara, sonriendo.
Vanesa le dio unas palmaditas en la mano.
—Ve a lavarte la cara y bajas. Ahorita te sirven el desayuno.
Se quedó pensando un segundo.
—Por cierto, Pamela tampoco ha bajado a desayunar. ¿Será que lo de anoche la dejó muy mal? ¿O se está haciendo la difícil porque hoy en la mañana la van a llevar a la casa de las afueras y no se quiere ir?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste