Ella ya los había visto mil veces, ¿ok?
—Si querías tocar, podías decirlo. Si quieres tocar, toca. Mis abdominales son tuyos, Kiki.
Joaquín se curvó en una sonrisa maliciosa, le agarró la mano a Kiara…
Y se la plantó directo sobre sus abdominales.
—Ándale. Sin pena. Toca.
Esa manoseada de hace rato había sido por estar medio dormida.
Solo supo que se sentía bien.
Pero ni se acordaba.
Ahora…
Joaquín le tenía la mano agarrada, pegada a su piel caliente.
Kiara sintió que se le iba a quemar la palma.
Lo miró, bien abierta de los ojos.
Joaquín alzó la ceja, divertido.
—¿Y ahora dónde quieres tocar?
Esa cara de él, demasiado atractiva, sonreía como si le brillaran los ojos.
Kiara vio la satisfacción extendiéndose en esa mirada y apretó la lengua contra el paladar.
De pronto, alzó la comisura de los labios.
Pegó la palma con firmeza sobre el relieve del músculo.
Con los dedos, le pellizcó una parte y la frotó.
Kiara sintió clarito cómo el cuerpo de él se tensó; al respirar, Joaquín soltó un quejido bajo, ronco, contenido.
Kiara alzó la mirada de reojo y vio cómo la nuez de Adán de él se le movía, como aguantándose.
Se le escapó una risa.
Y sus dedos siguieron bajando.
Sin despegarse.
Le fue apretando uno por uno los cuadritos del abdomen.
Y todavía seguía hacia abajo.
Sin intención de parar.
La burla en los ojos de Joaquín se fue borrando, reemplazada por una mirada más oscura y cargada.
Tenía el cuerpo rígido, la mirada encendida, fija en ella: en esa niña que sonreía con malicia.
Los dedos de la mano que tenía sobre la sábana se le pusieron blancos de tanto controlarse.
Por dentro, algo parecía hervirle.
La mano de ella era como fuego: donde pasaba, encendía.
Cuando la mano de Kiara estaba por cruzar hacia abajo…
Era obvio.
Joaquín se estaba aguantando con todo.
Y cuando se tensaba, se le marcaban más las clavículas, pálidas y provocativas… hasta con un toque rosado.
Se veía demasiado tentador.
Ja.
Pinche zorro.
Kiara movió la mano; aunque él la tenía sujetada, alcanzó a picarle otra vez el abdomen.
—Sí. —Le picó, con una flojera provocadora en los ojos.
Vio cómo se le ensombrecía la mirada, cómo se le cargaba el gesto de deseo.
Alzó la comisura de los labios.
—Pero las consecuencias… te las aguantas tú.
¿Que “truquito” de exhibirse? ¿Y luego?
¿Todavía quería hacerla caer?
Ella iba a hacerlo arrepentirse de haber intentado provocarla.
Total: el que se iba a quedar sufriendo era él.
En eso, tocaron la puerta de repente…

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