Ya se lo había dicho mil veces:
esto era Solarenia.
Que no trajeran las mañas de Sector 7 a Solarenia.
¿A la primera provocación y ya secuestraban?
Como un día se llevaran a alguien que ni ubicaba, a ella le tocaría apagar el incendio.
Se iba a tener que sentar a explicarle a Escorpión, bien explicado, cuáles eran las reglas para vivir en Solarenia.
Kiara no siguió con el tema.
—Ya vete. Tengo sueño. Me voy a dormir.
Joaquín curvó los labios y asintió.
—Qué casualidad. Yo también estoy cansado. Quiero dormir.
Kiara: “…” —Entonces vete.
Joaquín, como si no tuviera huesos, se puso todavía más descarado.
—Ando muerto. No puedo ni caminar.
Así que se quería quedar, aferrado, ¿no?
Escorpión sí que era una “genio”.
Kiara ni ganas tenía de verle ese numerito. Estiró la mano para agarrarlo y sacarlo a la fuerza.
Pero apenas se acercó,
la mano de Joaquín le sujetó la muñeca.
Su palma estaba caliente; no apretaba fuerte.
Aun así, el contacto le provocó un cosquilleo en el pecho, como una pluma.
Apretó los labios.
—¡Suéltame!
—Esa maña tuya no está padre —dijo él, incorporándose—. Ven.
Le acomodó un mechón todavía escurriendo.
La jaló para que se sentara al borde de la cama.
Luego se metió al baño y salió con la secadora.
Se puso detrás de ella. La secadora zumbó, y el aire tibio le pegó en el cabello a Kiara.
Los dedos de él se le metieron entre el pelo, con cuidado.
Con el calor cubriéndola y ese movimiento suave,
Kiara volvió a apretar los labios.
Este tipo…
hasta que el zumbido se apagó.
Abrió los ojos con flojera, y lo primero que vio fue la cintura de Joaquín.
La camisa estaba un poco suelta, pero igual se le marcaban las líneas del torso.
Kiara levantó la vista.
En algún momento, Joaquín se había puesto frente a ella y se inclinaba, como si fuera a cargarla.
Al verla despierta, no se puso nervioso. Hasta sonrió, tranquilo, con esa voz ronca de siempre.
—Pensé que ya te habías dormido.
—¿Y por eso ibas a pasarte de listo? —Kiara entrecerró los ojos.
Joaquín se rió.
—Ganas no me faltan.
Se inclinó y, aunque ella lo estaba viendo, no se detuvo: la levantó en brazos.
Kiara: “¿…?”
—Ya casi te quedabas dormida. Te voy a pasar a la cama —dijo él, sonriendo.
Kiara: “¿?” Pero si estaba despierta.
—Como “regalo” que le trajeron a Kiki… me toca hacer lo que me toca —se le enredó la risa en la voz, baja y cercana—. Si voy a atenderte, lo hago bien.

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