Samuel abrió la boca, con la cara morada de la pura pérdida de control.
—¿Adrián? ¿El profesor Morales de la Universidad Libre del Sur? ¿El que dirige el proyecto nacional? ¡Ja!… Sí que sabes inventar. ¿Hasta a alguien que se haga pasar por él conseguiste?
—¿Sabes que suplantar a personal clave del país es delito? ¿Quién te crees para venir a soltar esas mentiras ridículas y hacerte la importante?
Señaló al gerente que estaba en la puerta.
—¡Yo sospecho que esa credencial ni siquiera sé de dónde la sacó! ¡Usted debería revisar su identidad de inmediato! ¡Ella no merece…!
Kiara se detuvo de golpe. Giró apenas la cabeza y miró al gerente.
—Qué gente tan ruidosa.
Samuel soltó una risa fría.
—¿Ah, sí? ¿Ya te molestamos? ¿Vas a hacer que el gerente nos corra? ¿Y sí te va a salir? Nosotros somos VIP. Los de aquí somos clientes de siempre del Club Diamante Negro. ¿Cómo crees que el gerente va a…?
No terminó.
El gerente se inclinó con respeto absoluto hacia Kiara.
—Señorita Ibarra, entendido.
Acto seguido, tomó el radio:
—Seguridad, vengan de inmediato al 6103. Desalojen el privado. Y registren a todos los presentes: lista completa y veto permanente. Ejecútenlo ya.
—¿Qué? ¡Gerente, está loco! —gritaron varios, incrédulos.
La cara de Patricio se puso horrible; los ojos se le volvieron hielo.
Pero…
Por más que gritaran.
Seguridad entró en fila y los sacó a todos.
Sin darles ni tantita consideración.
Los fueron echando uno por uno, como si fueran basura, frente a la gente que entraba y salía.
Todo por una frase de Kiara.
—¡Kiara, yo te llevo! —Eugenio la siguió casi corriendo, con los ojos brillándole de admiración, como si ya hubiera decidido ser su sombra.
Kiara negó con la cabeza.
—No hace falta. Tú regresa y diles que se diviertan. Que lo carguen a mi cuenta. Yo tengo que irme a resolver algo.
Eugenio asintió.
—¿Y tú cómo vas a…?
—Me queda de paso.
El carro avanzó parejo por la calle. Adentro, el silencio era total.
Joaquín llevaba una mano en el volante, flojo, viendo el camino; de reojo, de vez en cuando, miraba el perfil fino de la chica y alcanzaba a notar ese leve gesto tenso en sus cejas.
—Por tu cara, te espera una noche pesada —dijo él, con voz ronca, en el espacio silencioso del carro—. Descansa tantito. El favor… me lo pagas después.
Kiara volteó; lo miró un instante y respondió con un “ajá” suave.
La voz de él era extrañamente agradable; le aflojó un poco la tensión.
Y además… el tipo tenía tacto.
Sin querer, no le resultó invasivo; al contrario, el olor elegante del interior, como a cedro, le dio una sensación rara de calma.
Cerró los ojos. Sus pestañas largas bajaron.
Pero su mente iba a toda velocidad, como una computadora precisa.
El código y los modelos de datos de “Génesis” se armaban y desarmaban en su cabeza: rutas posibles de ataque, puntos de quiebre, flujos de datos…
Todo el camino, sin hablar.
El carro entró a la mansión Ibarra sin problema alguno.
***

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