Todavía no terminaba.
Cuando sintió un frío helado subiéndole por la nuca.
De golpe, se le cortó todo.
Un escalofrío le recorrió la nuca a Gaspar, quien volteó rápido hacia donde venía esa sensación.
Y se topó con unos ojos oscuros, profundos como un pozo.
No había emoción ahí; pura calma.
Pero debajo de esa calma…
daba más miedo que cualquier amenaza.
Gaspar se estremeció. Se le erizó la piel. Como si lo hubieran aventado a un congelador, se le congelaron al instante todas sus lamentaciones.
Se quedó tieso, y con el cuello duro, giró la cabeza.
Despacio. Con cuidado.
Hasta quedar de frente a sus dos amigos.
Luego alzó la mano y le dio un manotazo en la nuca al de cabello verde, que todavía seguía hablando.
Y luego otro manotazo al rubio.
Su voz se le fue hasta arriba, casi gritando:
—¿Qué “se ven bien”? ¿Qué “rival”? ¿Qué “ir con todo”? ¡Esa es la futura esposa de Joaquín! ¡Vuelvan a decir una tontería y les parto la madre!
—Ella y Joaquín juntos son tal para cual. Perfectos. Hechos el uno para el otro. ¡La pareja ideal, y ya!
Ese grito dejó al rubio y al verde en blanco.
Se sobaban la nuca, adoloridos, y lo miraban con cara de injusticia.
—Pero, Gaspar, si tú dijiste…
—¿Dije qué? ¿Qué? ¡Yo no dije nada! —Gaspar lo interrumpió de golpe, nerviosísimo, y se asomó de reojo hacia la pista.
Cuando vio que esa mirada aterradora ya se había quitado de encima…
Esa pequeña ilusión no tuvo ni tiempo de florecer antes de ser aplastada.
Así, sin más.
Y en la pista, la música suave seguía sonando.
Joaquín rodeaba la cintura de Kiara; en esos ojos suyos brillaba una luz menudita.
Pero la chica solo se movía al ritmo, despacito.
Con la mirada baja, ni siquiera lo veía.
Su atención no estaba en él.
Como si estuviera pensando en otra cosa.
Joaquín alzó un poco las cejas. Entrecerró los ojos.
Y de pronto se inclinó, acercándose a su oído:
—Kiki, ¿te me estás distrayendo aquí conmigo? ¿O qué… acaso tengo que esmerarme un poco más?

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