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Indomable: No soy la chica que echaste romance Capítulo 508

Sus miradas se encontraron.

Como si también se enredaran, igual que la respiración.

Sin querer, el ambiente se volvió todavía más íntimo.

No muy lejos…

Fernando miró a la pareja en la pista y sonrió de oreja a oreja.

—Regino, míralos. Se ven perfectos juntos. Tal para cual, como si hubieran nacido para esto.

Regino Ibarra abrió los ojos, furioso:

—¡Ay, por favor! Fernando, ni sueñes.

Fernando, bien quitado de la pena:

—Pero si ya casi se traen abrazados. Eso ya huele a boda. No te pongas de abuelo amargado, de esos que separan a la gente a la mala.

Regino se puso rojo del coraje.

—¿Nomás por un baile ya quieres llevarte a mi nieta, que apenas recuperé? ¡Ni lo sueñes! ¡No!

—¡Oye, viejo terco! —Fernando se indignó y hasta le picó la rueda de la silla de ruedas con el bastón—. ¿Cuál “llevarme”? Nuestras familias tienen un compromiso desde hace años. Todo firmado. Y tú lo sabes.

—¡Y todavía lo mencionas! —Regino casi explotó—. Fernando, tú me emborrachaste y, cuando yo andaba bien ido, me chamaqueaste para que aceptara ese compromiso. Eso no se vale.

En ese entonces, su nieta ni había nacido; todavía venía en camino, y Fernando ya la andaba “apartando”.

Qué poca.

Fernando, orgulloso de su jugada, alzó la barbilla, como si se estuviera acariciando un bigote que ni tenía.

—El cómo no importa. El caso es que existe. Y eso ya está escrito.

Al final, Fernando se volteó, molesto, hacia Vanesa y Camilo, que estaban a un lado.

—Con este viejo no se puede. A ver, díganle ustedes.

Vanesa y Camilo se miraron y sonrieron, resignados.

—Quino es un chavo impecable, eso ni se discute. Claro que nos cae bien.

—Pero esto es la vida de Kiki. Ella decide. Nosotros no vamos a meter mano.

—Y además… —Vanesa miró a su hija, tan brillante junto a Joaquín en la pista, con una ternura enorme— Kiki apenas volvió con nosotros. Nos perdimos veinte años de su vida… y sentimos que todavía no hemos podido consentirla como se merece. Queremos… estar más con ella.

Camilo rodeó los hombros de su esposa y asintió.

—Sí. Todo depende de lo que Kiki quiera. Con que sea feliz, nos basta.

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