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Indomable: No soy la chica que echaste romance Capítulo 507

Al ver la sonrisa tan limpia de Eloísa, a Kiara también se le aflojaron un poco las facciones.

Sin darse cuenta, la comisura de sus labios se le curvó en una sonrisa suave.

Hasta su cara, siempre tan fría y bonita, se veía más cálida.

De pronto, le llegó un aroma fresco, como a pino.

Joaquín se inclinó un poco y se acercó.

Su aliento tibio le rozó la oreja, junto con su voz grave y baja:

—No sé si tenga el honor de invitar a Milagros a bailar conmigo.

Una mano se quedó extendida frente a Kiara.

Larga y firme, con los nudillos marcados. Bajo la luz, casi parecía brillar.

Como si provocara a cualquiera a morderla.

Kiara alzó la barbilla y lo miró, fijo, a esa cara tan cerca: elegante, fría, con algo peligrosamente atractivo.

Se topó con sus ojos sonrientes; la mirada era tan insinuante que la ponía nerviosa... de lo intensa que era.

Cuando la miraba, lo hacía con una atención total.

Los labios rojos de Kiara se curvaron apenas.

Alzó la mano y la puso en la palma ancha de él.

—Va… te voy a hacer el favor.

La sonrisa de Joaquín se profundizó. Con esa flojera segura de sí mismo, respondió:

—Entonces, gracias por darme chance.

Cerró los dedos alrededor de su mano.

Con un gesto casi reverente, la llevó a la pista.

El calor del contacto la envolvió al instante.

Las pestañas largas de Kiara temblaron un poco. Siguiendo su guía, entraron a la pista.

La luz romántica se derramaba; la música corría.

Él sostuvo una de sus manos y la otra se le posó en la cintura, tan delgada que cabía en una sola mano.

Su palma estaba ardiendo.

Estaban tan cerca que casi se mezclaba la respiración.

—¿Estás… nerviosa? —murmuró Joaquín, bajando la mirada, con una sonrisa que no se le borraba.

Le habló pegado, como si fuera un secreto entre dos.

Pecho con pecho.

Con voz ronca, Joaquín sonrió, mirándola desde arriba:

—Siento que a esta distancia… se prestan mejor los secretos.

Bajó todavía más la voz.

Y al clavarle la mirada, en el fondo de sus ojos parecía hervir algo intenso.

—¿O qué? ¿Kiki no quiere decirme… un secretito?

Ese tono deliberadamente provocador, y el calor de su aliento, la desarmaban.

Kiara lo fulminó con la mirada.

—Ya, compórtate.

Joaquín se rió por lo bajo; se sintió la vibración en su pecho.

La mano en su cintura se cerró todavía más, como si la abrazara entera.

—Es que… contigo nunca me sale eso de “portarme bien”.

—¡Joaquín! —A Kiara le ardían hasta las orejas, como si se le hubiera subido el color.

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