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Indomable: No soy la chica que echaste romance Capítulo 501

A Yolanda, en ese momento, ya ni siquiera se le podía describir la cara como “morada del coraje”.

Una humillación tras otra la dejó en ridículo.

¿Cómo era posible que alguien fuera así de buena?

¿No se suponía que solo era una pueblerina llegada de quién sabe dónde? ¿Cómo que resultaba ser tan cabrona?

El nivel de Kiara en el piano había sido suficiente para que hasta Saúl Torres, vicepresidente de la Asociación Internacional de Música, se rindiera ante ella.

Y ahora, de la nada, resultaba que también era esa Milagros de la que todo el mundo hablaba… la que, según decían, era capaz de arrebatarle las almas a la mismísima muerte.

¿Eso lo podía hacer una “pueblerina”?

—No… no puede ser. Seguro tuvo pura chiripa. Y eso de la medicina tradicional… son puras estafas…

Yolanda no podía creer lo que estaba viendo. Negaba con la cabeza, murmurando, con los labios temblándole.

De golpe, apretó la mano de Pamela.

—Pamela… ¿no que ella venía del rancho? ¿Cómo va a ser Milagros…?

Pamela estaba igual de ida. ¿Qué le iba a responder?

Tenía los ojos rojos de la envidia, la cara torcida; ya no podía sostener esa fachada de “niña bien” ni tantito.

Además, como estudiaba medicina, entendía mucho mejor que Yolanda lo que valía ese nombre: Milagros.

En su momento, por la pierna de su abuelo, su familia había investigado por todos lados para dar con Milagros.

Porque, después de revisar a su abuelo, Gabriel Herrera —presidente de la Asociación de Medicina Tradicional Clarosol— había dicho que, en todo Solarenia e incluso en el mundo, solo había una persona capaz de curarle ambas piernas.

Milagros.

Un personaje casi de leyenda, alguien de quien hasta el propio Gabriel hablaba con un respeto absoluto, como si la admirara de verdad.

Milagros era una autoridad a la que hasta los poderosos del mundo trataban con sumo cuidado. Pamela, por más que lo intentara, ni siquiera estaba a la altura de acercársele.

Para su salvadora, Yael no sentía más que gratitud… y un respeto que casi le daba miedo.

Aunque antes se había convulsionado y cayó al suelo, nunca perdió la conciencia.

Así que escuchó clarito cómo Yolanda y Pamela la pusieron en duda y cómo la estuvieron provocando con comentarios venenosos.

¿Cómo iba a permitir Yael que alguien cuestionara a quien le salvó la vida?

Yael dio un paso al frente. No hablaba fuerte, y la voz incluso se le oía un poco ronca.

Pero ese porte de alguien acostumbrado a mandar bastó para aplastar a dos chavitas que aún no se fogueaban de verdad.

Ni siquiera Yolanda, que siempre era tan altanera, se atrevió a soltar una palabra. Solo se encogió.

Yael sacó el celular, marcó una llamada y ordenó con frialdad:

—Avísales: a partir de hoy, todos mis consorcios en Solarenia cancelan cualquier proyecto con la rama secundaria de la familia Carrasco. Y cualquier familia que haya soltado comentarios irrespetuosos sobre Milagros queda vetada de por vida.

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