Bajo el vestido rojo encendido, sus piernas largas y rectas llamaban la atención sin esfuerzo.
De una patada, le dio justo en la muñeca a Pamela, que ya había apoyado la mano sobre Yael.
Pamela sintió un dolor agudo; su cuerpo se fue con la inercia y terminó en el piso.
Kiara ni les dedicó una mirada. Se agachó, tomó la mano del señor Montiel y le checó el pulso.
—¡Kiara!
Pamela y Yolanda se incorporaron apoyándose en el suelo, mirándola con rabia, el pecho subiéndoles y bajándoles de coraje.
Yolanda casi echaba chispas.
—Kiara, ¿tú sabes quién es ese? ¡Es el señor Montiel! ¿Y todavía quieres salir con tus remedios de rancho para tratarlo?
Al ver que Kiara les había “arrebatado” al señor Montiel, es decir, la clave para darle la vuelta a todo…
A las dos se les puso la cara horrible.
Se levantaron con intención de lanzarse hacia Kiara.
Pero apenas se movieron, una figura alta se colocó frente a Kiara.
El hombre se plantó ahí, erguido, una mano en el bolsillo.
No tuvo que decir nada.
Su presencia imponía.
A Pamela y a Yolanda les cambió el gesto; hasta les tembló la voz.
—Joaquín… / Quino…
Joaquín les echó una mirada fría y sin emoción.
Luego giró un poco la cabeza y preguntó, con tono tranquilo:
—Kiki, ¿qué necesitas?
Su postura de protección era obvia.
A Pamela se le encendieron los ojos de rabia.
Kiara, sin dejar de revisar, fue presionando con los dedos ciertos puntos del cuerpo de Yael.
—Mi bolsa. Y abran el espacio: que corra el aire. Todos, para atrás. Dos metros.
Las puntas temblaban apenas, reflejando destellos bajo las lámparas.
En el momento en que Kiara paró, las convulsiones de Yael se detuvieron a la vista.
Y hasta el color morado en su cara empezó a bajar.
Fernando, apoyado en su bastón, exhaló aliviado.
—Kiarita… ¿ya… ya quedó?
—Solo lo estabilicé. Ya no está en peligro de muerte —respondió Kiara, mientras abría la cajita de madera.
Dentro había ocho frasquitos de porcelana, perfectamente acomodados.
Con la punta de los dedos sacó varios y vertió polvos de distintos colores, los mezcló y los trituró.
En menos de un minuto, formó tres pastillas verde intenso, con un olor fresco.
Le abrió la boca a Yael y estaba por colocarle una debajo de la lengua cuando Yolanda soltó la voz, aguda por la prisa.
—Kiara, ¿le vas a dar quién sabe qué cosa pirata al señor Montiel? ¡¿Estás loca?!
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste