—¿Esa señorita de qué familia será? Porque los Carrasco y los Ibarra… se ven bien cercanos con ella.
—Fernando no le da la cara a cualquiera.
—Ahorita, cuando el joven Carrasco salió corriendo, juraría que le dijo “cuñada”. ¿Se lo dijo a ella?
—Por la actitud de Fernando… yo diría que sí.
—Pero en la rama dos de los Carrasco hay tres hijos. ¿Entonces ella… con cuál está casada?
—Por cómo la trata Joaquín… se ven bien cercanos. ¿A poco la persona a la que Joaquín le declaró en público fue ella?
—No inventes. Si de verdad es ella… entonces la de los Ibarra queda todavía peor…
Mientras decían eso, miraban raro hacia la esquina, donde Pamela estaba encogida intentando desaparecer.
Porque Pamela siempre había actuado como si fuera la futura esposa de Joaquín. Pero Joaquín acababa de negarla en público: fue una cachetada.
Luego, en lo único de lo que ella presumía —el piano—, también la aplastaron sin discusión.
Y ahora, la misma que la aplastó en el piano también le estaba “ganando” en el amor.
Qué humillación.
Con todas esas miradas encima, Pamela estaba entre la pena y el coraje; casi le daban ganas de salir corriendo.
Pero no podía.
Si se iba, lo que venía era la furia de los Carrasco… y la decepción de los Ibarra.
Y eso no lo soportaría.
Pamela apretó los puños y bajó la cabeza todavía más.
Por dentro, volvió a maldecir a Kiara miles y miles de veces.
Todo era culpa de Kiara.
Todo.
Lo de hoy, cada humillación, se lo debía a Kiara.
¡Kiara lo hizo a propósito!
Se suponía que hoy era el plan perfecto para dejar a Kiara en vergüenza delante de todos.
Literal, encogida.
Pamela estaba hecha bolita junto a una cortina, agarrándola con fuerza, y le estaba echando ojitos.
A Gaspar se le jaló la ceja.
¿Y esta ahora qué quiere?
Él estaba en plena “ruptura” y esta venía a buscar pleito.
Metió las manos en los bolsillos y caminó hacia ella.
Pamela se alegró y estaba por hablar…
cuando Gaspar soltó, con asco:
—Todo el día detrás de mí, detrás de mí… al rato van a pensar que eres mi asistente.
—Y aparte, ¿tú ya viste cuántos años tienes y cuántos tengo yo? ¿No te da pena? ¿Con esa cara todavía quieres hacerte la chiquita conmigo?
—No te hagas: yo sé lo que traes. Como con Joaquín no pudiste, ahora quieres ver si conmigo. Pues te aviso: tú no eres mi tipo. Ni tantito.

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