Gaspar se lanzó a toda prisa.
Cuando llegó junto a Fernando, se plantó, y puso una cara de adolescente tímido. Luego miró a Kiara de reojo, todo apenado.
—Ay, abuelo… sí te pasaste. Vas rapidísimo…
Con solo estar frente a ella, sentía el corazón fuera de control, latiéndole a mil.
Fernando frunció el ceño. Al ver a su nieto ahí atrás, retorciéndose, levantó el bastón y le dio en la pierna.
—Si te da comezón, vete a bañar. No hagas el ridículo aquí.
—Es que no me avisaste ni me preparaste… —Gaspar se puso peor—. Vas tan rápido que mi corazoncito ya no aguanta.
Fernando no se lo esperaba. Ese chamaco siempre parecía un desmadre, pero ¿resulta que se preocupaba tanto por el futuro de su primo?
Vio a Regino mover la silla de ruedas para ponerse delante de Kiara, como protegiéndola, y se aclaró la garganta.
—¿Rápido? Para nada. Esto no es rápido. Al final lo que importa es lo que quieran los dos jóvenes. ¿Y si los dos están de acuerdo?
Gaspar se retorció todavía más.
Se tapó la cara, y por entre los dedos se asomó para ver a Kiara. Con cada mirada, se ponía peor.
—Si mi abuelo lo dice… entonces… yo no tengo problema. Solo falta… solo falta lo que decida… ejem, la señorita.
Fernando volteó hacia Kiara con los ojos llenos de esperanza.
—Kiarita, ¿tú qué dices?
Kiara: …
Primero miró al pelirrojo, que se retorcía de un lado a otro como si no pudiera estarse quieto.
Ese pelo rojo era igual de llamativo que el de Escorpión. Era imposible no verlo.
Kiara lo ubicaba… vagamente.
Y no podía evitar pensar que la rama secundaria de los Carrasco tenía algo de… raro.
Yolanda era así.
Quien sí captó el matiz fue Escorpión, que había crecido con Kiara en Sector 7 y la conocía demasiado bien.
Ese “luego lo platicamos” no sonaba a rechazo.
Decir “después” significaba que, para Kiara, Joaquín sí era alguien especial.
Todavía veía un “después” con él.
Si fuera rechazo, con el carácter de La Muerte Viviente, habría sido un no directo.
Ese “después” era porque aún no tenía claro lo que sentía; todavía estaba confundida.
Escorpión se acarició la barbilla, y sus ojos salvajes se quedaron girando, fijos en Kiara.
«Entonces… me va a tocar meter mano.»
Fernando todavía no se rendía, y preguntó:
—Kiarita… aunque mi nieto no tenga nada más que una cara bonita… pues… pues tener una cara que se presume, también es un punto a favor, ¿no?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste