Pero ya estaba ahí, parada frente a todos.
Era su única oportunidad de estar cara a cara con tanta gente pesada.
Esa gente venía de todos lados; puro peso pesado de verdad.
Tenía que aprovechar ese momento para ganarse sus miradas… y su interés.
Daba igual si lograba o no enganchar al joven de la segunda rama de la familia Carrasco.
Con que cualquiera de los presentes se fijara en ella y estuviera dispuesto a casarse…
Con eso, ella daba el salto directo a la alta sociedad.
¿Y entonces para qué iba a seguir agachando la cabeza frente a Pamela y Yolanda?
Catalina bajó la mirada al estuche de regalo que llevaba en las manos.
Esto era su arma secreta para hacerse famosa en Clarosol… y hasta en Solarenia.
Estaba segura de que, en cuanto entregara ese regalo, Eloísa se iba a conmover.
Y también tendría chance de impresionar a los maestros que estaban ahí.
Con esa idea en mente, Catalina respiró hondo y, armándose de valor, miró a Eloísa.
—Señorita Carrasco, soy Catalina, de Grupo Zúñiga. Es un honor enorme poder venir a tu fiesta de dieciocho. Feliz cumpleaños… ojalá te guste este regalo.
Pero Eloísa no reaccionó como con las demás chicas.
En lugar de recibirlo con una sonrisa, frunció ligeramente el ceño y la observó con los ojos entrecerrados, sin ocultar su desagrado.
Eloísa no sentía ni un gramo de simpatía por los Zúñiga, esos que en su momento habían maltratado a Kiara.
¿La familia Zúñiga…?
Un apellido sin peso.
¿Y cómo demonios habían entrado a su fiesta?
Según ella, ni siquiera les había mandado invitación.
Y aunque tuvieran forma de entrar, por cómo se llevaban con Kiara, jamás los habría invitado.
Pero en un evento así, Eloísa no iba a ponerse a interrogarlos por una invitación.
—Sé que a usted no le faltan joyas, pero este collar… de verdad le queda perfecto.
Al abrir el estuche, se vio una cajita de terciopelo rojo, del tamaño de la palma.
Temiendo que Eloísa la detuviera, Catalina la abrió rapidísimo.
Eloísa iba a decirle que se llevara sus cosas.
Pero en cuanto vio el collar, se le abrieron los ojos.
Dentro había una gargantilla de platino con diamantes, de diseño muy marcado.
El engaste y los cortes hacían que, al moverse bajo la luz, se reflejara un brillo rosado muy tenue.
Como nubes de sueño, con destellos.
Cualquiera que la viera se quedaría impresionado por el diseño.
Claro… solo por el diseño.
Porque ese collar, a lo mucho, no pasaba de cien mil.

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