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Indomable: No soy la chica que echaste romance Capítulo 401

Catalina apretó el celular con fuerza y se le quedó viendo a la cara de Kiara, tan serena que parecía de piedra. Rechinó los dientes y soltó, con voz chillona:

—Ni aunque te estés muriendo dejas de hacerte la necia. Ahorita que te tome fotos, que grabe video… a ver si todavía te haces la muy valiente.

Mientras hablaba, les gritó a los dos hombres:

—¡Ya, muévanse! ¡Quítenle la ropa!

Los dos hombres se le fueron encima a Kiara...

Kiara apenas esbozó una sonrisa.

Su carita pálida y bonita se veía tan fría que daba miedo.

Estaba por alzar la mano para someterlos cuando...

—Mira nada más. Qué ambientazo.

Se oyó una voz relajada, burlona.

Tres chavos de cabello teñido de distintos colores venían caminando sin prisa, como si fueran dueños del lugar.

El de pelo rojo iba al frente. Se sonrió de lado y barrió la escena con la mirada.

—¿Y ustedes qué? ¿Andan de valientes o ya van a grabar su videíto?

Los dos cocineros ya estaban nerviosos de por sí. Al ver a los tres desconocidos, se asustaron.

Catalina entrecerró los ojos y los escaneó de arriba abajo.

Traían ropa “de marca”, pero sin logos llamativos; no se veía nada del otro mundo. Y con esos tintes chillones…

En las familias de verdad pesadas no dejan que un chamaco se exhiba así.

Con eso, Catalina decidió que esos tres no eran nadie importante. Les aventó una mirada helada.

—No se metan. Lárguense.

Si lo dejaban “cerrado”, ya no habría forma de echarse para atrás.

Si no… tal como decía el pelirrojo, hacer algo así en territorio Carrasco—y encima en la fiesta de mayoría de edad de la señorita Carrasco—era sentencia de muerte.

Además, esos tres se veían como niños ricos: flacos, sin cuerpo. Entre los tres no le ganaban a ellos dos.

Los cocineros se miraron. Se les prendió lo bestia.

Uno se le fue directo al pelirrojo, intentando someterlo de un jalón.

El otro, de entre el uniforme de chef manchado de grasa, sacó una navajita filosa de esas para tallar y la apuntó hacia él.

—¡No manches! ¿Todavía sacan cuchillo? —se le atoró la fanfarronería al pelirrojo; se echó medio paso atrás—. Si hacen eso, es delito.

Ese pasito atrás, para Catalina, fue la prueba final: un cobarde inútil.

—No le hagan caso. ¡Muévanse! ¡Acaben con esa vieja y se acabó el problema!

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